XXII

Al llegar exhausto lo único que me pedía el cuerpo era una buena ducha en agua hirviendo. Todavía tenía algo de tiempo por lo que me di algunos minutos extra como recompensa.

Rebusqué en mi equipaje y encontré aquello que buscaba.

Me gustaba aquella camisa. Era lisa, azul y lo único que destacaba de ella era un pequeño detalle casi imperceptible: los hilos de cada botón eran cada uno de un color diferente. La tenía desde hacía algún tiempo, y sólo la ponía en ocasiones especiales como por ejemplo una primera cita.

Miré mi reloj y decidí que ya era hora de salir. Abandoné la habitación revisando los mensajes que se habían acumulado en mi teléfono móvil durante mi salida.

-No me imaginaba que fuera uno de esos hombres.

La osadía me sorprendió tanto que me frené en seco. Di media vuelta y me acerqué sonriendo a la mesa de recepción.

-¿Disculpa? – pregunté -¿Qué clase de hombre soy entonces?

-De los que llevan camisa y deportivas. Me lo imaginaba más… no sé cómo decirlo, ¿corporativo? – dijo Eva.

– Estoy en una época de cambio, ya sabes, probando cosas nuevas. ¿Debería subir a cambiarme entonces?

– No dije que no me gustase – contestó divertida- Simplemente me lo imaginaba de otra forma. Una se acostumbra a ver  cierto tipo de estereotipos cuando trabaja en un sitio como este.

La miré directamente a los ojos y me fijé de paso en ellos. Eran marrones muy oscuros, quizá un poco más que los míos, y descubrí un pequeño deje felino que me dejó intrigado. Me acerqué un poco más, puse mi mejor cara de póker y le pregunté agravando levemente mi tono de voz:

-Dime ¿te tomas este tipo de licencias con todos los huéspedes?

Al momento bajó la mirada.

-Disculpe… No volverá a ocurrir, se lo prometo.

-No dije que no me gustase – dije mientras arqueaba una ceja – Hazme el favor y tutéame. No me siento cómodo cuando me tratan de usted. Aun soy joven, o eso quiero creer. Que tengas buena noche Eva.

-Que tenga…s buena noche – se despidió.

Mientras sonreía por aquel encuentro busqué la estación de metro más cercana. En tres paradas estaría en Gran Vía. La facilidad de desplazamiento era una de las cosas que más me gustaban de aquella ciudad. También la gente que iba dentro de los vagones, cada uno distinto y con su historia. Jugaba a imaginármelas. Supongo que algunos de ellos harían lo mismo conmigo. Siendo sincero, pagaría millones por escuchar aquellas hipótesis sobre mí sólo por saber cuan cerca estaban de la realidad.

Al salir de la boca de metro me encontré de lleno con mi cita. Conocía perfectamente por dónde salían los turistas y me tenía catalogado como uno de ellos, por muchas veces que nos viéramos en Madrid.

-¿Hasta cuándo? – me espetó.

-Semanas, meses… todavía no lo sé ni yo- me sinceré- ¿Acaso te molesta que esté aquí?

– Sólo quiero saberlo para intentar calcular las calorías que voy a engordar por tu culpa.

-Dame un abrazo anda. Pero ten cuidado con esos músculos, quiero seguir vivo después.

Santi y yo nos dimos un abrazo seco, pero un abrazo. Era amigo mío desde el instituto. Informático, había rebotado por toda la geografía española hasta asentarse allí. En ese momento se estaba dedicando en cuerpo (nunca mejor dicho) y en alma al gimnasio.

-¿Tú más que nadie deberías entenderlo no?¿La carrera que estudiaste no iba de deporte o algo así?

-Sabes perfectamente lo que estudié Santi. Y también sabes lo que siempre digo de eso.

-“Hice una carrera de chándal para trabajar en traje” Don importante. No has cambiado una mierda. Puedes engañar a todos los que quieras menos a mí. Vamos a cenar anda.

Entramos en el Five Guys, y nos acercamos al mostrador. Pedimos cada uno lo suyo, lo recogimos en la barra y nos sentamos en medio de todos los turistas, como dos más. Teníamos tanta confianza que nos podíamos poner al día con apenas una breve conversación aunque no nos viésemos en meses.

-He cambiado de trabajo. Una oferta mejor.

-¿A este te dejan ir en camiseta? – sonsaqué.

-No, pero se acabarán acostumbrando, como todos – musitó – ¿Y tú qué? ¿Lo de siempre?

-Esta vez no. Tengo un plan.

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XXI

Seguimos hablando hasta que el tren llegó a la estación. Intercambiamos tarjetas y nos comprometimos a esa cena, esta vez sin ataques gratuitos y sólo con ganas de pasarlo bien. A decir verdad, de no haber sido por ella aquel viaje hubiese sido soporífero.

Paré un taxi y le di la dirección de mi hotel. Mientras paseaba por la ciudad miraba calmado a los comercios y  a los transeúntes.  Todo seguía igual, pero yo lo veía con otros ojos. Fue una sensación rara, como si fuese la primera vez que pisaba aquella ciudad. El conductor se dio cuenta de que estaba sonriendo e inició una conversación:

-¿Un buen día verdad? ¿Conoce la ciudad?

-Así es. He estado aquí en otras ocasiones, aunque siempre por trabajo.

-¿Esta vez no es así? ¿Viene usted de vacaciones? – preguntó.

-Vengo también por trabajo, pero esta vez es distinto. Me lo tomaré con más filosofía.

-A esta ciudad la gente siempre vuelve distinta a la vez anterior. Los que somos de aquí no acabamos de entenderlo del todo.

A los pocos minutos el taxi paró, dejándome en la puerta de mi nueva casa. Bajé mi maleta y entré en la recepción dirigiéndome hacia la mesa principal. La atendía una mujer más joven que yo, vestida de una manera muy formal.

-Buenas tardes, creo que han llamado esta mañana, me voy a quedar un tiempo con ustedes.

-¿Me deja su carnet por favor? – dijo amablemente.

-Por supuesto, aquí tiene.

Miró la foto y me devolvió la mirada casi al instante. No pudo disimular sus pensamientos y  yo, que sabía perfectamente por dónde iban los tiros, me anticipé:

-Lo sé. Me toca renovarlo dentro de poco. He probado a pintarle barba con un bolígrafo, pero siempre se borra.

-No le juzgo. Yo en el mío parezco una adolescente rebelde. Suerte que no tengo la obligación de enseñárselo. Su habitación es la 618, si necesita cualquier cosa llame a recepción. Por cierto, mi nombre es Eva. ¿Quiere que alguien le recoja la maleta?

-No te preocupes– dije recogiendo la llave de mi habitación- Sólo una pregunta, ¿a qué hora cierra el bar?.

-Solemos cerrar sobre la 1 de la mañana, pero por aquí cerca hay algunos locales que tienen un ambiente muy agradable.

-Tomo nota entonces. Ha sido un placer Eva.

Continué mi camino hasta el ascensor. Subí los 6 pisos y encaré la puerta de mi nueva residencia. Abrí la puerta con una tarjeta y dejé otra en la clavija de la luz para activar el aire acondicionado. Coloqué mi maleta y abrí la ventana para comprobar las vistas.

Era un buen emplazamiento. Situado cerca del río, con un espacio verde por el que salir a correr antes o después de trabajar. En pleno Abril, el calor ya invitaba a pasar el día en ese tipo de localizaciones. Me quedé un rato observando el entorno, disfrutando de aquello. Aún me quedaba parte del día para divertirme antes de ponerme manos a la obra, por lo que decidí hacer una llamada.

-He vuelto. Y quiero hacer pedazos tu dieta, como siempre que vuelvo. Me apetece la hamburguesa más grande y grasienta que puedas proporcionarme. Dime hora y lugar.

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Un suspiro delató cómo la otra persona me maldecía.

-Gran vía. 21 horas. Y vete a la mierda, me vas a arruinar la vida. – acto seguido colgó.

Sonreí mientras guardaba el móvil en mi bolsillo. Después de tantas horas de viaje en tren lo único que me apetecía en ese momento era salir a estirar las piernas.

Me puse ropa cómoda, cogí mi Ipod y salí de la habitación. Volvería para darme una ducha antes de mi cita y así tendría la conciencia más tranquila de cara a la cena.  Bajé andando y crucé el vestíbulo despidiéndome de Eva,  que se quedó desconcertada al verme en chándal. La crisis de los 30, pensaría.

Al cruzar la puerta del hotel comencé a correr.

XX – Fin de la primera parte.

En ese momento sentí lástima por cualquier entrevistado que intentase pasarse de listo con ella. En circunstancias normales me hubiese enfadado. Contraatacaría con todo de una manera fría, calculadora y devolviendo uno por uno aquellos golpes. En cierto modo me dio la sensación de que era lo que ella quería. Me serené y, para no hacer partícipe de todo el vagón de aquella conversación, me senté en el asiento vacío de su lado.

-Bastante bien. Solo una cosa, cuando entrevistas a gente, ¿dejas que hablen o ya haces el artículo en función de tus primeras impresiones?

– Las primeras impresiones son solo para mí, a no ser que las pidan – aclaró-.He de decir que los hombres de relojes caros son mi especialidad.

-¿En lo personal o en lo profesional? –pregunté interesado.

-Dan más juego en las entrevistas que en las citas, aunque siempre intentan impresionarte en ambas. La clave está en hacerles ver que una buena conversación es mucho más importante que un Tag Heuer.- dijo mientras miraba mi muñeca –Eso sí, contigo hay un pequeño matiz que se me escapa, aun no sé lo qué.

-Me alegra saber que todavía conservo algo de misterio. Puede que en una cena me lo acabes sacando. A la tercera copa de vino ya flojean mis defensas.

-Halagador, pero poco sutil. Tú me has propuesto un juego, ahora me toca a mí. De tu respuesta dependerá esa cena. Dime, ¿eres celoso?

-¿Con qué grado de sinceridad quieres que conteste eso a una desconocida?

-¿Del 1 al 10? Si quieres esa cena, un 12.

-Veamos. Honestamente sí, lo soy. Pero con matices.

-No hay matices, o lo eres o no lo eres.

-Deja que me explique – continué-  En el momento en el que empiezo una relación con alguien me implico sin reservas. Voy con todo, así es como creo que debería ser. Mi confianza, mis miedos y mi yo más profundo. De la misma manera, espero que esa persona me corresponda con todo lo que esté a su alcance. Me vuelvo celoso cuando siento que hay algo que no se comparte o algo que se me oculta. Es fácil de ver si prestas la suficiente atención. Ahí es cuando me empieza a trabajar la cabeza.  Y tengo un índice de acierto bastante elevado.

Hice una pausa para intentar reorganizar en mi cabeza el discurso. No quería que sonase paranoico, aunque creía que ya era demasiado tarde. Ella notó que tocaba hueso, pero seguí:

– Soy consciente de que siempre hay cosas que no se pueden controlar, a mí me ha pasado. Ya sabes, persona correcta en el momento inadecuado. Pese a eso, lo que nunca toleraré es que me engañen. Es duro caer cuando te sueltan de golpe, ¿sabes?

-¿Nunca has engañado a nadie? Un pequeño desliz, algo fugaz y en el momento.

– He estado tentado, ¿quién no?. Al final es cuestión de poner todo en una balanza, por lo menos yo lo veo así. Ser honesto con las otras personas implicadas y con uno mismo.

-No me has contestado a la pregunta – insistió ella.

-No, nunca. Ha habido ocasiones en las que he estado cerca, no soy un santo. Siempre he sabido recular a tiempo.

-Menudo hipócrita. El hecho de recular quiere decir que ya ha habido unos avances previos ¿no crees?. Me parece fantástico tu discurso de hombre fiel que siempre sabe hasta dónde puede jugar- dijo riendo.

Reflexioné sobre eso un par de segundos. Pocas objeciones podría poner a aquello. Antes de que pudiese abrir la boca me espetó:

-Mira, hostias nos las hemos llevado todos, eso está claro. Lo que no consigo entender es cómo una persona que presume de “darlo todo” puede, al mismo tiempo, recular a tiempo. Lo único que te diferencia de esas personas que te han podido fallar es que al final ellas han sido sinceras. Tú sin embargo me parece que no. Tampoco veo normal que vayas buscando pruebas de que haya algo que va mal, porque eso únicamente te condiciona a seguir en ese estado de locura constante. Sé consecuente con lo que dices. Y si después caes lo puedes hacer con la conciencia bien tranquila, sabiendo que has hecho todo lo posible por esa relación y asumiendo que si no funcionó fue porque no tenía futuro.

-Aun no me has dicho cómo te llamas – corté.

-Soy Lidia –respondió desconcertada.

– Y dime Lidia, ¿eres así de tajante con todos los desconocidos?

-Sólo con los hombres de relojes caros que van de víctimas.

XIX

El tren partió a la hora prevista. Llevaba lo imprescindible para sobrevivir en Madrid en mi maleta. De todas formas, siempre podría pedirle a alguien que me enviase cualquier cosa que necesitase.

El asiento de mi lado estaba vacío, por lo que podía trabajar cómodamente. Me quité la chaqueta, encendí mi ordenador portátil y me puse los auriculares. Aproveché el asiento de al lado para dejar mi reloj, mi bolígrafo y mi bloc de notas. Abrí el informe sobre el proyecto en el que iba a trabajar y vi el desastre al que me enfrentaba.

Aquello no había por dónde cogerlo. Habíamos puesto mucho esfuerzo y dinero, pero no acababa de arrancar. Apenas se habían respetado las pautas básicas del plan inicial. Después de dos horas intentando buscarle algún sentido, cogí mi cartera para pagar un café  y vi aquella pajarita de papel que el Señor Blanco me había dado en el bar del hotel. Sonreí, guardé la moneda y puse esa pequeña pieza de papel encima del ordenador y contra la pantalla como recordatorio.

Decidí estirarme y mirar alrededor. Me fijé en la persona que se había sentado al otro lado del pasillo después de la última estación. Era una chica de mi edad que también aprovechaba el trayecto para trabajar.

Estaba muy concentrada revisando unos documentos en inglés y haciendo anotaciones en una pequeña libreta negra. Llevaba una camiseta de los Ramones, vaqueros y All Star, unas gafas de pasta y su pelo castaño recogido con una coleta. Por la pantalla de su móvil pude ver que iba escuchando a Sam Smith. Cuando se percató de que la estaba observando se quitó los auriculares y me dijo:

-Si quieres podemos cambiar. Apuesto a que lo tuyo es mucho más entretenido.

Volví a echar un vistazo a la pantalla de su ordenador y comenté:

– Tengo mi inglés algo oxidado, pero lo puedo intentar. Lo mío tenía que estar para ayer, ¿trabajas bien bajo presión?

-Es mi especialidad. Tú ponme a prueba. ¿A qué te dedicas?

-Soy consultor.

-¿Debe ser genial decirle a todo el mundo lo que tiene que hacer no?- preguntó divertida.

-Sólo cuando te hacen caso. ¿Tú en qué trabajas?

-Soy periodista.

-Entiendo, un trabajo de verdad. Ahora comprendo lo de trabajar bajo presión. ¿Para qué medio trabajas?

-Soy Freelance. Ya sabes, aquí y allá.

-¿Una mercenaria de los medios? – pregunté juguetón mientras me ponía mi reloj.

-Siempre y cuando no haya incompatibilidad con mis principios. Me mudo a Madrid ahora. ¿Vives allí?.

-No, me han adjudicado un marrón y no me puedo ir hasta que lo resuelva. Tampoco tengo prisa por volver. Supongo que me vendrá bien un tiempo en la capital.

Pude verlo en sus ojos. Como buena periodista se moría por preguntar. Me aguantó la mirada durante unos segundos, sopesando si la poca confianza que habíamos forjado en esa charla intrascendente era suficiente para jugársela.

-Digamos que te ha venido bien. ¿Estás escapando?

-En cierto modo puede. Una huida hacia delante –me sinceré.

-¿De qué escapa el Señor Consultor?

No pude contener una pequeña sonrisa. Apenas unas frases y ya me había cazado. Era bastante inteligente y divertida, así que decidí darle un poco de carnaza. De todas formas, aun nos quedaban un par de horas de trayecto.

-Juguemos a algo, intenta adivinarlo – propuse.

Se quitó las gafas y se giró sobre su asiento. Había despertado su curiosidad. Me estudió con la mirada mientras sonreía casi imperceptiblemente. Estoy seguro de que hubiese tomado notas en su libreta si se lo llego a permitir. Pasados unos segundos preguntó:

-¿Estás listo? Tengo fama de ser dura.

-He venido a jugar. Si veo que no me gusta lo que oigo siempre me puedo cambiar de vagón – contesté.

-Tú lo has querido. Vamos allá: eres guapo , vistes bien y tienes un reloj caro. Seguro que eres bueno en tu trabajo, pero a costa de descuidar otros aspectos. Pasas mucho tiempo a solas, más incluso del que le gustaría a una persona solitaria como tú.

Hizo una pausa. Yo intenté aguantar el embiste sin acusar los golpes, pero ella sabía que las estaba clavando.

-Estás cómodo en las charlas superfluas como esta, los sitios en los que estás de paso y en situaciones que no creas vínculos, porque no te exigen implicarte emocionalmente. Si tuviese que escoger un motivo por el que escapas lo tendría muy claro.

-Sorpréndeme-dije desafiante.

-Desamor. Te han dejado, no sé si recientemente o no, pero vas de corazoncito herido por lo vida. Y me da la sensación de que, en tu caso, lo que te han lastimado es el ego y no el corazón.

XVIII

-Me voy a Madrid por trabajo.

-Muy bien. ¿Hasta cuándo?- dijo ella.

-Volveré para la boda.

-Sigues sin acompañante.

-¿Te sorprende?

-No, la verdad. Te sienta bien el traje, iría contigo si me lo pidieses.

-Sería digno de ver, los dos del brazo y de punta en blanco como una pareja ejemplar. Ahora que lo pienso, seguro que ligas y me vuelvo solo a casa. No gracias, para eso voy solo desde el principio.

-Por ti haría el esfuerzo, esa noche sería tuya únicamente cariño. No creo que quedase muy bien que te dejase por otro delante de tus amigos.

-Ya sabes lo que dicen. ¿No hay dos sin tres no?

Ambos reímos con ganas.

-Te noto distinto – dijo Cata – ¿Seguro que no hay alguien nuevo?

-No. Será que me he quitado peso de encima. Ya sabes, borrón y cuenta nueva.

Sonrió y giró la cabeza. Me miró fijamente para intentar descifrar cuánto había de cierto en lo que decía. Se guardó lo que iba a decir y en su lugar preguntó:

-¿Y si no ha sido una mujer? ¿Qué ha hecho que vuelva a ver a ese jovenzuelo con mirada viva?

-Un hombre.

Cata abrió los ojos como platos y casi se atraganta.

-Eso sí que no me lo esperaba.

-Tranquila, me siguen gustando las mujeres. Sólo ha sido una charla muy productiva.

-Me encantaría conocerlo entonces. ¿Crees que podría darme una sesión de las suyas?

-Tiene una agenda muy apretada. Pero bueno, le preguntaré cuando lo vea.

Disfrutamos la comida rememorando viejos tiempos. Aquellas clases en el instituto, los jueves universitarios en la misma ciudad y cómo nos íbamos presentando amigos entre nosotros para liarnos con ellos. La botella de vino estaba casi vacía y los pocos filtros que teníamos fueron desapareciendo. Llegados los postres me dijo algo que llevaba pensando desde el momento en el que se había sentado a comer conmigo ese día.

-Sé lo que viene ahora. Te conozco y ya lo has hecho antes. Te harás el misterioso, desaparecerás durante un tiempo, no darás señales de vida y volverás como si no hubiese pasado nada. Enterrarás todo bien hondo una vez más y no habrá cambiado nada dentro de esa cabecita tuya que tanto trabaja.

Si alguien me conocía bien era ella. A decir verdad y por antecedentes, era una reflexión muy buena  y eso removió algo dentro de mí. Si con alguien podía empezar a ser yo otra vez era con Cata.

-Esta vez no. Me he pasado los últimos años de mi vida compadeciéndome de mí mismo. He sido un alma en pena que también ha hecho bastante el imbécil, en muchos aspectos. Con la excusa de mi “desgraciada” vida amorosa me he tomado licencias que nada ni nadie podría justificar. Créeme que soy consciente de todas y cada una de esas veces, en las que me he llevado a gente por delante que no se lo merecía. Me hago responsable de todas ellas y no me siento muy orgulloso. Quiero hacer las cosas bien. Por una vez quiero ser consecuente de principio a fin conmigo mismo y con los demás. A partir de ahí estoy seguro de que llegarán las cosas buenas.

Pocas veces había visto esa mirada en ella, pero sabía perfectamente qué significaba.

-Corazón, espero que así sea. Ya sabes que te quiero con todas tus taras. El que más y la que menos ha hecho cosas de las que se arrepiente, eso no lo podemos borrar. No podemos juzgar decisiones del pasado con la información que tenemos ahora, eso es de locos. Sólo quiero que seas feliz, y no entres en otro de tus bucles.

-Me iré a Madrid, haré mi trabajo y volveré para poner en orden todo aquello que he puesto patas arriba durante todo este tiempo, incluida mi cabeza.

XVII

Abrí los ojos.

Ducha, traje, corbata y café.

Me miré en el espejo. Había algo distinto. Sonreía.

Cogí mis llaves y tiré de la puerta. Me volví a observar en el espejo del ascensor, esta vez con más detenimiento. Me repasaba de arriba a abajo intentando saber qué era lo que había cambiado, pero no lo conseguía.

Encendí el coche. Siempre conducía con la radio puesta. El haber pasado tanto tiempo sólo ahí dentro hacía que necesitase otra voz, como para autoengañarme pensando que había alguien más y sentirme parte de una conversación en la que no participaba. Esta vez no fue así. Miré en los archivos que tenía guardados en mi pen drive y escogí meticulosamente: Tom Misch.

Conduje con toda la calma del mundo. Hasta el día acompañaba. Bajé las ventanillas y sentí el aire. Hice repaso de toda la semana anterior. No sabía que una semana en casa podía dar para tanto. Normalmente buscaba un sitio alejado en el que evadirme de todo, y al final lo que necesitaba era volver a conectar con todo lo que había dejado atrás.

Una vez dentro de la oficina saludé a Clara. Me recibió con cara seria. Sabía lo que eso significaba. A aguantar el chaparrón. Como siempre.

El jefe me hizo una seña desde su despacho. Me quité la americana, la dejé sobre mi silla y me desabroché los puños de la camisa, subiéndolos. De morir, hacerlo cómodo.

-El mundo ha seguido girando mientras tú estabas en la playa, que lo sepas.

-Buenos días, supuse que todo seguiría igual sin mí, veo que no estaba equivocado.- dije.

-Hoy no- cortó serio- Estamos hasta el cuello. Lo de Madrid no avanza. Te vas para allí hasta que salga adelante.

-Está bien- dije.

-¿Qué?

-Que sí, lo haré.

-¿No hay réplica, ningún comentario jocoso?

-He dicho que lo haré. Volveré cuando termine.

Me miró serio. Se aflojó el nudo de la corbata y puso ambas manos sobre la mesa.

-Tómate el día para preparar lo que necesites. Puede que sean un par de semanas. Dependerá de ti.

Al volver a mi mesa cogí la americana y le guiñe un ojo a Clara. Alucinó.

Comencé a andar hasta el parque que había al lado de la oficina. La tranquilidad que había era contagiosa. Me senté en un banco y comencé a observar a la gente que pasaba por allí.

Madrid. ¿Por qué no? Con estar para la boda sería suficiente. Todo dependía de mi capacidad para poder sacar adelante ese proyecto. Me gustaba el reto, aunque no sabía a ciencia cierta cuánto iba a durar esa fuerza con la que me encontraba.

Saqué mi bloc de notas y comencé a hacer la lista de equipaje. Cuando llevaba media hoja escrita me di cuenta de que había vuelto a esa vieja costumbre de enumerar todo. Esta vez no. Rompí el  papel y me levanté. Metería lo justo y necesario, nada de mudanzas colosales como solía hacer siempre. Sólo necesitaba comprar una cosa.

Al buscar en mi móvil una farmacia me sorprendí al ver que habían abierto una a la vuelta de la esquina. Decidido, me incorporé y seguí las indicaciones hasta la puerta.

Nada más cruzar la entrada, y aún en la cola, me quedé atónito. De las dos personas que había atendiendo la chica más joven me dejó impactado. Fue algo instantáneo, casi magnético. Calculaba que tendría mi edad, llevaba un vestido de cuadros verdes en diferentes tonalidades por encima de la bata y detrás de sus gafas malvas vi los ojos más grandes y verdes que había visto nunca.

Hice lo posible para que me atendiera ella, no me podía ir de allí sin escuchar su voz. Fingí una llamada de teléfono en el último momento para poder dejar pasar a la señora que tenía delante y que así me pudiese atender. Mis cálculos fallaron y acabé siendo atendido por su compañera mientras me maldecía para mis adentros.

-¿Qué desea?

– Un cepillo de dientes de viaje, por favor – dije mientras intentaba observar de reojo a la otra chica.

– Aroa, cóbrale tu a este chico por favor, ya me encargo yo de la señora Carmen – dijo mirando para su lado izquierdo.

Bingo.

-Hola, son 3 €. – dijo sonriendo.

Observó mi traje y camisa, levantó la vista y reanudó la conversación.

-¿Vienes o te vas?.

-Me voy. Aquí tienes. Gracias.

Salí por la puerta asimilando el ridículo que acababa de hacer. Menudo maestro de la conversación. En ese momento me hubiese dado cabezazos contra la primera cosa que tuviese delante. Si así iban a ser mis interacciones con cualquier mujer que me pareciese atractiva iba a morir más solo que una isla. Apoyé mi espalda contra la pared de una tienda y saqué mi teléfono móvil.

-Dime cariño- contestó la voz.

-¿Comemos? Dime que sí por favor.

XVI

Volvimos al coche. Hicimos el camino de vuelta y llegamos casi al anochecer. Me despedí de él con un abrazo.

-Gracias, de verdad, me hacía falta.

-Cuando quieras. Espero que me llames, la próxima vez escoges tú la ruta.

-Trato hecho Rob.

Cerré la puerta de casa todavía dándole vueltas a los deberes que me había puesto. No podía dejar de pensar en aquello. Escribirle algo. A ella.

Pensándolo bien era una buena idea, pero me aterraba hacerlo. Era visitar a un estado de ánimo del que me había costado mucho salir y bajo ningún concepto quería volver. Me metí en la ducha, poniendo el agua lo más caliente que podía aguantar.

Después de vestirme vi mi ordenador portátil encima de la mesa y sonreí. Pasé de largo y encendí la televisión. Pasó menos de un minuto hasta que me levanté, me puse las gafas y presioné el botón de encendido. Cogí una cerveza de la nevera, me senté y abrí un nuevo documento. “No me creo que vaya a hacer esto” lo titulé.

Nada más ver el documento en blanco y poner los dedos encima del teclado volví a tener esa sensación. Trabajaba todos los días con mi ordenador portátil pero aquello era diferente. Ese nerviosismo de comenzar unas explicaciones que le debo a mucha gente, pero que sé que quedarán entre el teclado y yo. Ese escalofrío de comenzar a vaciarse. Sonreí al darme cuenta de cuánto lo echaba de menos. Le di un buen trago a mi cerveza y empecé.

No sé por qué he tardado tanto en hacer esto, la verdad.

Ya sabes que siempre fui un poco cobarde para estas cosas. Supongo que necesitaba tiempo y espacio. De ti y de todos. Al final eso se convirtió en una costumbre y acabé rodeado de gente, pero solo. Tú probablemente ya seas feliz, sin duda te lo mereces. Yo no he sido capaz, no he sabido cómo.

No quiero que me malinterpretes, no ha sido culpa tuya. Simplemente me encerré, como ya sabes que hago siempre. Esta vez no tenía a nadie que tirase de mí, o por lo menos alguien que lo hiciese con tanta fuerza como tú lo hacías. Soy consciente de que eso es responsabilidad mía, de nadie más.

Me recluí en mi trabajo y alejé todo aquello que me recordaba a ti, aunque te siguiese teniendo presente todos los días. Entré en un bucle en el que no veía nada, salvo odio dentro de mí. Créeme cuando te digo que no se lo deseo a nadie.

Sabes también lo dramático que me pongo con estos temas. Una vez que me entrego a alguien no sé medir, aunque también creo que esa sigue siendo la manera correcta de hacerlo. Viéndolo con perspectiva no me arrepiento de nada, era una etapa que tenía que pasar y me ha enseñado mucho.

El caso es que hoy he decidido acabar con todo esto. El auto compadecimiento, la culpa y el rencor. Quitarme todo ese peso de encima y empezar a vivir.

¿Por qué hoy y no antes? No lo sé, supongo que ha sido gracias a esta semana. Fue un poco rara, pero me ha gustado. Ha sido como ir construyendo una especie de puzzle, en el que cada persona me ha dado una pequeño fragmento. Me ha costado, pero creo que he juntado las piezas.

Por todo esto me gustaría decirte adiós y gracias, algo que nunca pude hacer. Me hiciste mejor, y no supe actuar como tú te merecías. ¿Qué vendrá ahora? No lo sé, la verdad. Sólo sé que lo afrontaré con otra actitud, muy distinta a la de hasta ahora. Se lo debo a todas esas personas que todavía tienen fe en mí, que son muchas más de las que yo pensaba.

Aun me queda mucho por hacer, y no lo haré si no tengo la cabeza bien amueblada. Por eso escribo esto. Necesitaba hacer las paces contigo, pero sobretodo conmigo mismo.

Ya lo sé, es de locos.

Supongo que te veré en la boda.

Me encantaría darte un abrazo entonces.”