¡Hola a todos!

Bienvenidos a mi pequeño entretenimiento.

Algo que comenzó como una terapia y se ha quedado como un hobby.

Este espacio es una amalgama de experiencias, sentimientos y mucha imaginación.

Os invito a que consultéis la historia desde el principio o bien los relatos breves en la barra de vuestra derecha.

¡Seguiré avanzando a medida que me venga la inspiración!

¡Nos leemos!

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San Valentín 2

¿Y bien? ¿Cómo fue mi San Valentín?

Veamos. Es difícil ordenar todo lo que ha pasado desde entonces. Demasiado en muy poco tiempo. Para que os quedéis tranquilos, os contaré solo lo esencial.

El mismo día no pasó nada, para qué mentir. Me envalentoné al escribir, como hago siempre, y me quedé viendo la televisión intentando justificar mi inexistente vida amorosa.

Pero dos días después y tras armarme de valor hice lo que cualquier persona debería hacer si alguien le gusta: hablarle. Eso es todo. Todo comenzó con una solicitud de amistad, continuó con una divertida conversación  y nos llevó a quedar para cenar. Así de fácil.

Cuando llegó el momento lo veía todo como en una película. Estaba aterrorizado.

La tenía delante de mí, mirando la carta del restaurante mientras hacía comentarios graciosos sobre los platos. Leía cada uno de los entrantes con acento italiano mientras yo intentaba asimilar si aquello estaba pasando realmente.

Cogí aire y recapacité:  “Deja de pensar, hazle caso. Mantén una conversación. Que sienta que estás aquí, con ella.”

Y entonces sucedió.

“El efecto burbuja”.

Esto sucede cuando, estando con una persona, hay un vínculo tan fuerte que da igual lo que pase fuera, no hay nada ni nadie que rompa esa conexión. El tiempo y el entorno pasan a un segundo plano y simplemente disfrutáis el uno del otro.

¿Os suena?

Me encantaría transcribir la conversación que tuvimos como escribo mis relatos: línea por línea, gestos, miradas y silencios.  He intentado hacerlo y ha sido imposible. Este es el quinto borrador que  llevo en lo que va de tarde.

Hablamos sobre perros y gatos, pizzas y hamburguesas, videojuegos, libros, viajes, música… Solo os puedo recrear una pequeña parte cuando, ya en los postres, cambio de tono y me dijo:

-¿Sabes? Creía que no me ibas a hablar nunca.

– Digamos que últimamente me has rondado la cabeza.

Sonrió y preguntó con maldad:

-Sobre todo después de aquella noche, ¿verdad? – preguntó.

-Sobre todo después de aquella noche.

No hubo más conversación en esa dirección. Pagamos a medias, salimos y comenzamos a caminar.

Seguimos hablando de todo y de nada. Bromeamos con los turistas que pasaban, las parejas agarradas de la mano y continuamos andando hasta que ella se sentó en un banco. Seguimos divagando hasta que volvimos a donde lo habíamos dejado.

Repasamos aquella noche. La conversación estúpida e intrascendente y las miradas de después. Yo le intenté explicar, de la manera más sutil que pude, que la veía fuera de mi alcance.

Ella me dijo que era muy malo cogiendo indirectas.

Yo le dije que no creía que aquel fuese el mejor momento.

Me dijo que era un cobarde.

Yo la besé.

—–

Lanzaos, habladle, probad suerte.

Los valientes siempre ganan porque al menos han tomado acción.

Y eso es lo que mueve el mundo.

San Valentín

-¿Entonces sigues pensando en aquella chica? ¿La que te gustaba?

-Sí.

-¿Y cómo es que no le dices nada? No sé, prueba, intenta algo.

-No merece la pena.

-Entonces no te gusta tanto.

-No me refiero a ella, me refiero al hecho de intentarlo. Ahora mismo no tiene sentido.

-Pero ¿por qué?

-No saldría bien. Ni ella ni yo estamos preparados, y todo eso en el caso de que hubiese interés por su parte.

-Yo en tu caso le hablaría, buscaría mantener algún tipo de contacto con ella. Intenta hacerla reír, eso se te da bien.

-No quiero que sea así. Prefiero que todo sea de una forma más “orgánica”.

-¿Esperar al momento oportuno? Dios, creo que ése es el resumen de tu vida. Al final nunca acabas haciendo nada.

-Estoy haciendo más de lo que te imaginas.

-¿El qué? ¿Escribirle cosas que nunca leerá? Me parece un gesto romántico pero inútil.

-Quién sabe, puede que las esté leyendo. De todas formas no me refiero a eso.

-¿Entonces?

-No quiero ser un desconocido que le hable una noche. Estoy apareciendo poco a poco en su vida, despertando su curiosidad y haciendo que quiera saber más sobre mí. Que se cuestione cuanto de cierto hay en lo que ha escuchado y decida comprobarlo. Por ahora lo estoy haciendo bien.

-¿Cómo sabes eso si casi no hablas con ella?

-Lo he visto. Hemos tenido pequeños momentos de feeling. Muy breves, pero los ha habido. Sólo hemos sido conscientes los dos y eso ha sido lo mejor. Voy dando pasos cortos, pero en la dirección correcta. Una pequeña muestra de interés por su parte aceleraría las cosas, pero no creas que demasiado.

-¿Y por qué tanta calma si te gusta tanto?

-En esa pregunta ya tienes la respuesta. Quiero hacerlo bien, poco a poco. Ella es especial y quiero que sea así todo el proceso. Si tengo que esperar meses para dar un paso lo haré. Sabes que siempre pienso más a largo plazo. Es más agradecido.

-¿Y si, durante todo ese tiempo en el que no haces nada, ella encuentra a alguien?

-Me alegraré.

-¿Cómo? Te juro que a veces no te entiendo.

-Ya te lo he dicho más veces. Es difícil de explicar, pero no hay nadie que se merezca la felicidad más que ella. Si para eso tiene que estar con otra persona, asumiré encantado el trato.

-Estás mal de la cabeza.

-Puede que sí. De todas formas yo estaría atenta en San Valentín. Quizá haga alguna pequeña locura.

XXVI

Una mirada de reojo fue lo único que conseguí al pasar a su lado en la recepción. Tampoco esperaba mucho más. Me gustaba aquel juego y podría decir que a ella también. Las cosas llevan su tiempo y la situación con Eva avanzaba en la dirección correcta.

Éramos muy distintos y tenía esa combinación de personalidades que me traía de cabeza. Además, para ser tan joven tenía las cosas muy claras.  Todo eso hacía una mezcla que, por el momento, me gustaba e intrigaba a partes iguales.

Caminé hacia la entrada del metro y seguí pensando en la mañana que tenía por delante. Conocer a un nuevo equipo, entrevistarlo y ponerlo en marcha. Por suerte iba con las pilas cargadas.

Al salir de la parada anduve unos pocos metros hasta el edificio en el que estaba situada la oficina. Aproveché el viaje en el ascensor para comprobar mi aspecto. La marca apenas se notaba y el traje era perfecto para causar una buena impresión. Con el paso de los años había aprendido a vestir acorde a mi trabajo, no sin muchos errores por el camino.

Cuando llegué al piso indicado busqué la entrada con el logotipo que tantas veces había visto a lo largo de esos últimos años. Después de cinco minutos dando vueltas por toda la planta me detuve ante la única puerta que no tenía ningún cartel. Llamé con tres golpes secos pero nadie me contestó.

Abrí la puerta con miedo, pero no con el suficiente para lo que me iba a encontrar. A plena luz del día aquello era más lúgubre que muchos antros que conocía. Había cuatro personas con los auriculares puestos mirando para las pantallas de su ordenador. Por todas partes había montones de documentos desperdigados, incluso por el suelo. Botellas de agua, vasos vacíos de papel y restos de servilletas adornaban todas y cada una de las mesas. Todos se giraron a la vez pero sólo una mujer se quitó los auriculares para dirigirse a mí:

-Hola ¿Te puedo ayudar? –preguntó amablemente.

-¡Hola! Espero que sí. Primero quiero saber dónde estoy, por eso de saber si me he equivocado- dije confuso.

-Esta es la única sede de Maurya en Madrid, nos dedicamos a…

-Estoy en el sitio correcto entonces. Me han mandado aquí para echar una mano, ¿no os habían avisado de que llegaba hoy?

-Supongo que el jefe estará enterado sí, debería de estar a punto de llegar, siempre anda con la cabeza en mil asuntos. Lo puedes esperar en aquella mesa, creo que va a ser la tuya mientras estés con nosotros- dijo mientras señalaba un pequeño escritorio situado en la esquina- Ponte cómodo y si necesitas cualquier cosa me avisas ¿de acuerdo?

-Sí, perfecto. Sólo una cosa más. ¿Cómo es tu nombre?

-Sofía.

-Gracias Sofía, has sido muy amable.

Sonrió y se puso los auriculares inmediatamente después. Me senté en mi silla mientras observaba el ambiente que me rodeaba, esta vez desde la perspectiva de un trabajador. Cada uno era un pequeño ecosistema y no se veía relación alguna entre ellos. Aquello estaba en un silencio sepulcral hasta que entró alguien por la puerta y se dirigió directamente hacia el único despacho privado que había.

La puerta se cerró de un golpe y yo me quedé en mi sitio más desconcertado todavía.  Cuando acabé de asimilar la situación me levanté y fui directamente al pequeño despacho. Llamé a la puerta y me dieron permiso para pasar. La persona de detrás del escritorio estaba hablando por teléfono pero me hizo indicaciones para que me sentase enfrente.

-Ahora mismo no puedo. Estoy atado. Se supone que han mandado a alguien para ayudarnos con esto. No sabe lo que le espera el pobre. ¿Te llamo luego de acuerdo? Tengo delante un comercial. Si tiene productos para el suicidio le compro todo lo que lleve – bromeó guiñándome un ojo –Hablamos después.

Observé a la persona mientras hablaba. Estaba quemado. Reconocía a alguien así cuando lo veía porque había vivido esa situación. Por lo menos conservaba el humor, y eso era más de lo que yo conseguí en su momento.

-Dígame, ¿en qué le puedo ayudar?

-Más bien creo que es al revés – contesté – ¿en qué le puedo ayudar yo a usted?

Romper el hielo

Hoy os voy a confesar algo.

Me paraliza.

Lo único que me sale es una sonrisa de bobo y un hola.

Ningún comentario gracioso, nada que llame su atención o consiga retenerla.

Cuando intento reaccionar es demasiado tarde. Se ha ido y yo me quedo maldiciéndome para mis adentros, viendo como se va con sus amigos que, dicho sea de paso, no me tienen en mucha estima.

No soy un santo y asumo que es posible que ellos tengan razón. Últimamente no he actuado todo lo bien que debería.

Si ha sido así es porque arrastraba cosas, en cierto modo supongo que al igual que ella. No me atrevo a compararnos, eso por descontado. Cada uno tiene su guerra y la suya no se la deseo a nadie.

Es complejo. Pese a no haber tenido nunca una conversación siento que podría resurgir a su lado. Por desgracia no puedo asegurarle lo mismo y eso es algo que nunca me podría perdonar. Se merece todo lo que pueda pedir, y no debería ser poco.

Es por eso que también tengo un sentimiento de responsabilidad enorme hacia su persona. Me tomaría como algo personal el intentar hacerla feliz. Sería una odisea en la que me embarcaría encantado, pero en la que tendría que luchar durante toda mi vida contra monstruos que me multiplican en tamaño. Por descontado que lo haría hasta mi último aliento.

Ayer la tuve a mi lado. Estaba en la barra, sola y a escasos centímetros de mí. El local era perfecto, la música excelente y ella estaba increíblemente guapa.

Creedme cuando os digo que había pensado mil veces en esa misma situación. En cómo romper el hielo y poder mantener una conversación de una vez por todas. En arriesgarme a disparar una única bala que tendría que atravesar muchos obstáculos y muy duros, pero en la que pondría toda mi fe.

¿Sabéis que hice?

Nada. No me atreví ni a girarme.

Seguí imaginando conversaciones y sonrisas. Canciones y viajes. Momentos.

XXI

Seguimos hablando hasta que el tren llegó a la estación. Intercambiamos tarjetas y nos comprometimos a esa cena, esta vez sin ataques gratuitos y sólo con ganas de pasarlo bien. A decir verdad, de no haber sido por ella aquel viaje hubiese sido soporífero.

Paré un taxi y le di la dirección de mi hotel. Mientras paseaba por la ciudad miraba calmado a los comercios y  a los transeúntes.  Todo seguía igual, pero yo lo veía con otros ojos. Fue una sensación rara, como si fuese la primera vez que pisaba aquella ciudad. El conductor se dio cuenta de que estaba sonriendo e inició una conversación:

-¿Un buen día verdad? ¿Conoce la ciudad?

-Así es. He estado aquí en otras ocasiones, aunque siempre por trabajo.

-¿Esta vez no es así? ¿Viene usted de vacaciones? – preguntó.

-Vengo también por trabajo, pero esta vez es distinto. Me lo tomaré con más filosofía.

-A esta ciudad la gente siempre vuelve distinta a la vez anterior. Los que somos de aquí no acabamos de entenderlo del todo.

A los pocos minutos el taxi paró, dejándome en la puerta de mi nueva casa. Bajé mi maleta y entré en la recepción dirigiéndome hacia la mesa principal. La atendía una mujer más joven que yo, vestida de una manera muy formal.

-Buenas tardes, creo que han llamado esta mañana, me voy a quedar un tiempo con ustedes.

-¿Me deja su carnet por favor? – dijo amablemente.

-Por supuesto, aquí tiene.

Miró la foto y me devolvió la mirada casi al instante. No pudo disimular sus pensamientos y  yo, que sabía perfectamente por dónde iban los tiros, me anticipé:

-Lo sé. Me toca renovarlo dentro de poco. He probado a pintarle barba con un bolígrafo, pero siempre se borra.

-No le juzgo. Yo en el mío parezco una adolescente rebelde. Suerte que no tengo la obligación de enseñárselo. Su habitación es la 618, si necesita cualquier cosa llame a recepción. Por cierto, mi nombre es Eva. ¿Quiere que alguien le recoja la maleta?

-No te preocupes– dije recogiendo la llave de mi habitación- Sólo una pregunta, ¿a qué hora cierra el bar?.

-Solemos cerrar sobre la 1 de la mañana, pero por aquí cerca hay algunos locales que tienen un ambiente muy agradable.

-Tomo nota entonces. Ha sido un placer Eva.

Continué mi camino hasta el ascensor. Subí los 6 pisos y encaré la puerta de mi nueva residencia. Abrí la puerta con una tarjeta y dejé otra en la clavija de la luz para activar el aire acondicionado. Coloqué mi maleta y abrí la ventana para comprobar las vistas.

Era un buen emplazamiento. Situado cerca del río, con un espacio verde por el que salir a correr antes o después de trabajar. En pleno Abril, el calor ya invitaba a pasar el día en ese tipo de localizaciones. Me quedé un rato observando el entorno, disfrutando de aquello. Aún me quedaba parte del día para divertirme antes de ponerme manos a la obra, por lo que decidí hacer una llamada.

-He vuelto. Y quiero hacer pedazos tu dieta, como siempre que vuelvo. Me apetece la hamburguesa más grande y grasienta que puedas proporcionarme. Dime hora y lugar.

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Un suspiro delató cómo la otra persona me maldecía.

-Gran vía. 21 horas. Y vete a la mierda, me vas a arruinar la vida. – acto seguido colgó.

Sonreí mientras guardaba el móvil en mi bolsillo. Después de tantas horas de viaje en tren lo único que me apetecía en ese momento era salir a estirar las piernas.

Me puse ropa cómoda, cogí mi Ipod y salí de la habitación. Volvería para darme una ducha antes de mi cita y así tendría la conciencia más tranquila de cara a la cena.  Bajé andando y crucé el vestíbulo despidiéndome de Eva,  que se quedó desconcertada al verme en chándal. La crisis de los 30, pensaría.

Al cruzar la puerta del hotel comencé a correr.

XXII

Al llegar exhausto lo único que me pedía el cuerpo era una buena ducha en agua hirviendo. Todavía tenía algo de tiempo por lo que me di algunos minutos extra como recompensa.

Rebusqué en mi equipaje y encontré aquello que buscaba.

Me gustaba aquella camisa. Era lisa, azul y lo único que destacaba de ella era un pequeño detalle casi imperceptible: los hilos de cada botón eran cada uno de un color diferente. La tenía desde hacía algún tiempo, y sólo la ponía en ocasiones especiales como por ejemplo una primera cita.

Miré mi reloj y decidí que ya era hora de salir. Abandoné la habitación revisando los mensajes que se habían acumulado en mi teléfono móvil durante mi salida.

-No me imaginaba que fuera uno de esos hombres.

La osadía me sorprendió tanto que me frené en seco. Di media vuelta y me acerqué sonriendo a la mesa de recepción.

-¿Disculpa? – pregunté -¿Qué clase de hombre soy entonces?

-De los que llevan camisa y deportivas. Me lo imaginaba más… no sé cómo decirlo, ¿corporativo? – dijo Eva.

– Estoy en una época de cambio, ya sabes, probando cosas nuevas. ¿Debería subir a cambiarme entonces?

– No dije que no me gustase – contestó divertida- Simplemente me lo imaginaba de otra forma. Una se acostumbra a ver  cierto tipo de estereotipos cuando trabaja en un sitio como este.

La miré directamente a los ojos y me fijé de paso en ellos. Eran marrones muy oscuros, quizá un poco más que los míos, y descubrí un pequeño deje felino que me dejó intrigado. Me acerqué un poco más, puse mi mejor cara de póker y le pregunté agravando levemente mi tono de voz:

-Dime ¿te tomas este tipo de licencias con todos los huéspedes?

Al momento bajó la mirada.

-Disculpe… No volverá a ocurrir, se lo prometo.

-No dije que no me gustase – dije mientras arqueaba una ceja – Hazme el favor y tutéame. No me siento cómodo cuando me tratan de usted. Aun soy joven, o eso quiero creer. Que tengas buena noche Eva.

-Que tenga…s buena noche – se despidió.

Mientras sonreía por aquel encuentro busqué la estación de metro más cercana. En tres paradas estaría en Gran Vía. La facilidad de desplazamiento era una de las cosas que más me gustaban de aquella ciudad. También la gente que iba dentro de los vagones, cada uno distinto y con su historia. Jugaba a imaginármelas. Supongo que algunos de ellos harían lo mismo conmigo. Siendo sincero, pagaría millones por escuchar aquellas hipótesis sobre mí sólo por saber cuan cerca estaban de la realidad.

Al salir de la boca de metro me encontré de lleno con mi cita. Conocía perfectamente por dónde salían los turistas y me tenía catalogado como uno de ellos, por muchas veces que nos viéramos en Madrid.

-¿Hasta cuándo? – me espetó.

-Semanas, meses… todavía no lo sé ni yo- me sinceré- ¿Acaso te molesta que esté aquí?

– Sólo quiero saberlo para intentar calcular las calorías que voy a engordar por tu culpa.

-Dame un abrazo anda. Pero ten cuidado con esos músculos, quiero seguir vivo después.

Santi y yo nos dimos un abrazo seco, pero un abrazo. Era amigo mío desde el instituto. Informático, había rebotado por toda la geografía española hasta asentarse allí. En ese momento se estaba dedicando en cuerpo (nunca mejor dicho) y en alma al gimnasio.

-¿Tú más que nadie deberías entenderlo no?¿La carrera que estudiaste no iba de deporte o algo así?

-Sabes perfectamente lo que estudié Santi. Y también sabes lo que siempre digo de eso.

-“Hice una carrera de chándal para trabajar en traje” Don importante. No has cambiado una mierda. Puedes engañar a todos los que quieras menos a mí. Vamos a cenar anda.

Entramos en el Five Guys, y nos acercamos al mostrador. Pedimos cada uno lo suyo, lo recogimos en la barra y nos sentamos en medio de todos los turistas, como dos más. Teníamos tanta confianza que nos podíamos poner al día con apenas una breve conversación aunque no nos viésemos en meses.

-He cambiado de trabajo. Una oferta mejor.

-¿A este te dejan ir en camiseta? – sonsaqué.

-No, pero se acabarán acostumbrando, como todos – musitó – ¿Y tú qué? ¿Lo de siempre?

-Esta vez no. Tengo un plan.