XVI

Volvimos al coche. Hicimos el camino de vuelta y llegamos casi al anochecer. Me despedí de él con un abrazo.

-Gracias, de verdad, me hacía falta.

-Cuando quieras. Espero que me llames, la próxima vez escoges tú la ruta.

-Trato hecho Rob.

Cerré la puerta de casa todavía dándole vueltas a los deberes que me había puesto. No podía dejar de pensar en aquello. Escribirle algo. A ella.

Pensándolo bien era una buena idea, pero me aterraba hacerlo. Era visitar a un estado de ánimo del que me había costado mucho salir y bajo ningún concepto quería volver. Me metí en la ducha, poniendo el agua lo más caliente que podía aguantar.

Después de vestirme vi mi ordenador portátil encima de la mesa y sonreí. Pasé de largo y encendí la televisión. Pasó menos de un minuto hasta que me levanté, me puse las gafas y presioné el botón de encendido. Cogí una cerveza de la nevera, me senté y abrí un nuevo documento. “No me creo que vaya a hacer esto” lo titulé.

Nada más ver el documento en blanco y poner los dedos encima del teclado volví a tener esa sensación. Trabajaba todos los días con mi ordenador portátil pero aquello era diferente. Ese nerviosismo de comenzar unas explicaciones que le debo a mucha gente, pero que sé que quedarán entre el teclado y yo. Ese escalofrío de comenzar a vaciarse. Sonreí al darme cuenta de cuánto lo echaba de menos. Le di un buen trago a mi cerveza y empecé.

No sé por qué he tardado tanto en hacer esto, la verdad.

Ya sabes que siempre fui un poco cobarde para estas cosas. Supongo que necesitaba tiempo y espacio. De ti y de todos. Al final eso se convirtió en una costumbre y acabé rodeado de gente, pero solo. Tú probablemente ya seas feliz, sin duda te lo mereces. Yo no he sido capaz, no he sabido cómo.

No quiero que me malinterpretes, no ha sido culpa tuya. Simplemente me encerré, como ya sabes que hago siempre. Esta vez no tenía a nadie que tirase de mí, o por lo menos alguien que lo hiciese con tanta fuerza como tú lo hacías. Soy consciente de que eso es responsabilidad mía, de nadie más.

Me recluí en mi trabajo y alejé todo aquello que me recordaba a ti, aunque te siguiese teniendo presente todos los días. Entré en un bucle en el que no veía nada, salvo odio dentro de mí. Créeme cuando te digo que no se lo deseo a nadie.

Sabes también lo dramático que me pongo con estos temas. Una vez que me entrego a alguien no sé medir, aunque también creo que esa sigue siendo la manera correcta de hacerlo. Viéndolo con perspectiva no me arrepiento de nada, era una etapa que tenía que pasar y me ha enseñado mucho.

El caso es que hoy he decidido acabar con todo esto. El auto compadecimiento, la culpa y el rencor. Quitarme todo ese peso de encima y empezar a vivir.

¿Por qué hoy y no antes? No lo sé, supongo que ha sido gracias a esta semana. Fue un poco rara, pero me ha gustado. Ha sido como ir construyendo una especie de puzzle, en el que cada persona me ha dado una pequeño fragmento. Me ha costado, pero creo que he juntado las piezas.

Por todo esto me gustaría decirte adiós y gracias, algo que nunca pude hacer. Me hiciste mejor, y no supe actuar como tú te merecías. ¿Qué vendrá ahora? No lo sé, la verdad. Sólo sé que lo afrontaré con otra actitud, muy distinta a la de hasta ahora. Se lo debo a todas esas personas que todavía tienen fe en mí, que son muchas más de las que yo pensaba.

Aun me queda mucho por hacer, y no lo haré si no tengo la cabeza bien amueblada. Por eso escribo esto. Necesitaba hacer las paces contigo, pero sobretodo conmigo mismo.

Ya lo sé, es de locos.

Supongo que te veré en la boda.

Me encantaría darte un abrazo entonces.”

Anuncios

XV

Otro silencio incómodo.

Una vez más me quedé sin nada que decir. Me había abierto su corazón y era imposible no empatizar con él. La gente no suele contar esas cosas. Tiene miedo. Hacen que parezcas vulnerable e inseguro. Él no lo veía así. Lo compartía porque creía que había una lección enorme y así era.

Me sentía en deuda por ello. Allí sentado, me quedé con la mirada perdida, asimilando todo lo que me había contado y esperando a que me ayudase a digerirlo.

-Todos tenemos historias que nos han marcado. Lo importante es aprender de ellas.- me dijo.

Touché.

-No sé Rob. Cualquier cosa que te cuente después de esto es ridícula. Te agradezco el día de hoy y todo lo que has hecho por mí, ha sido increíble. De todas formas, creo que deberíamos comenzar a hacer el camino de vuelta, mañana me espera un día duro y aún nos queda trayecto que recorrer hasta el coche.

-Si crees que es lo mejor, adelante, ha sido un gran día. También te digo que si quieres compartir algo conmigo, es el mejor momento.

Sería injusto no hacerlo, pensé. Pero por dónde empezar. Rob notó cómo algo daba vueltas en mi cabeza.

-No te voy a juzgar, si eso es de lo que tienes miedo.

-Ya sé que no Rob. Sólo que eso es la base del problema. Tengo mucho dentro de esta cabeza y no lo saco. Me quedo encerrado ahí pensando en lo que fue, lo que es y lo que puede ser. Constantemente estoy dándole vueltas a cosas sobre las que no tengo control y es una guerra perdida. Me prometo a mí mismo que no voy a dejar que eso me domine, pero nunca lo consigo. El no compartirlo con la gente me hace más huraño y veo como poco a poco voy perdiendo la poca gente que me queda. Antes escribía y lo vomitaba todo. Ahora ni eso.

-¿Sobre qué escribías?

-Siempre sobre mí. Lo disfrazaba de una u otra forma, pero al final siempre trataba de mí. Sé que suena egocéntrico, pero era una terapia eficaz y barata. Muy pocas personas lo sabían y menos aún llegaban a leerlo. Eso sí que era yo en estado puro. Sin filtros, sin mentiras ni rodeos. Desde lo de Marta no lo he vuelto a hacer y aún no sé por qué, si era cuando más lo necesitaba. Simplemente no me salía. De hecho me lo acaban de pedir como favor para una boda y no creo que sea capaz de hacerlo.

-¿Y cómo eras cuando escribías?

-Era alguien feliz. Decidido, divertido, con imaginación. Veía historias en todas partes y deseaba llegar a casa para poder escribirlas. Me pasaba horas delante del ordenador hasta bien entrada la noche. La mitad de ellas no llegaron a ver la luz, pero me encantaba hacerlo.

-¿Por qué dejaste de hacerlo?

-Cuando pasó lo de Marta no me vi con fuerzas. Todo lo que intentaba escribir era triste, lleno de rencor o auto compadeciente. En esa época estaba muy bajo, fue casi un año en el que no levanté cabeza y a partir de ahí me olvidé del tema.

-Veo que hay un nombre que se repite mucho en tu historia- dijo con una sonrisa.

-Fué un punto de inflexión. Ahora en frío sé que no es para tanto. Esto lleva pasando desde que el mundo es mundo. Puede que el no haber hablado con ella y no poder aclarar las cosas siga haciendo que le dé tantas vueltas. No me gustó la forma en la que acabamos, ha sido una persona importante para mí y no quiero que quede ese recuerdo. Solo eso.

Silencio.

-Me gustaría proponerte un ejercicio para esta noche. Escríbele algo. Lo que quieras. No tienes que mandárselo ni nada por el estilo, quiero que lo hagas solo para ti. ¿Te ves capaz?

XIV

Por supuesto que había escuchado eso antes. ¿Quién no? La mayoría de la gente se queda pensando en lo genial que sería todo eso en vez de preocuparse por hacerlo realidad. Hoy en día, ese mensaje es tan recurrente que en cierto modo ha perdido su significado.

Esa vez, quizá por el emisor, quizá por el entorno o quizá por mis circunstancias personales vi ese tópico con una perspectiva diferente. Algo había cambiado en mi cabeza y Rob lo había notado. Satisfecho con su trabajo me preguntó:

-¿Seguimos? La próxima parada será para comer.

-Claro.

Comenzamos a caminar pegados al precipicio. El día se había despejado un poco y el paseo llano era mucho más agradable que aquella subida infernal que habíamos dejado atrás. Por primera vez en la mañana, Rob estaba más callado de lo habitual. Ahí fue cuando mi cabeza empezó a trabajar.

¿Qué estaba persiguiendo hasta ahora? Trayectoria, dinero, un puesto que llamase la atención en una tarjeta de visita. ¿Para qué? Al final no tendría a nadie con quien compartirlo. Sería, como decía Tim Ferriss, un gordo solo en un BMW rojo descapotable.

“Estás distinto”, “Pareces más aburrido”, “No estás aquí”.

Cada vez escuchaba con más frecuencia esas frases y no era una buena señal. ¿Es que no había aprendido nada de todo lo que me había pasado durante esos días? Estaba posponiendo mi felicidad a expensas de logros insustanciales, en vez de vivir.

Iba tan concentrado que no me había dado cuenta de que llevábamos casi dos horas caminando. Decidimos parar a comer debajo de un gran árbol, por si comenzaba a llover de nuevo. Rob sacó unos bocadillos vegetales y un poco de té en otro termo.

-Al final no me has contado cómo acabaste tú así Rob. Creo que me ayudaría mucho, si es que todavía quieres compartirlo conmigo.

Esta vez su sonrisa fue más amplia de lo habitual. Se revolvió el pelo y comenzó a relatar algo que me quedaría grabado para el resto de mis días.

-Me extraña que tu hermano no te lo haya contado. Seguro que pensó que deberías de escuchar esta historia de primera mano. ¿Qué tenía yo? ¿20 años? Todo giraba alrededor de mi novia por aquel entonces, Xenia. Descuidaba a mi familia, mis estudios y creía que no necesitaba nada más. Estaba seguro de que era la mujer de mi vida, pero aun así no me portaba bien con ella. Comenzamos, quizá demasiado pronto, una vida juntos en un pequeño apartamento y en la que creé una dependencia enorme hacia ella. Llevábamos 5 años juntos cuando un día, volviendo de un partido, me dijo que había conocido a otra persona. Al principio actué de manera arrogante, suponiendo que ya volvería o que encontraría a otra. Mi familia y mis amigos se volcaron conmigo, pero yo me escudaba diciendo que estaba bien, que no era para tanto. Al final resultó que sí. Me empezó a afectar en todo y no había día que me la quitase de la cabeza. Me quedé sin equipo y tuve que volver a vivir con mis padres. Empecé a generar una obsesión irracional hacia ella, incluso llegando a seguirla y amenazando a su nuevo novio. Dejé de ir a clase y salía todos los días que podía, tirándole los trastos a cualquier mujer que me pareciese mínimamente atractiva. Comencé a tontear con cosas que nunca debí de haber probado. No estoy muy orgulloso de aquello, la verdad.

Bajó la cabeza y continuó:

-Una de esas noches cogí el coche cuando no estaba en condiciones de hacerlo. Volvía para casa demasiado rápido y me quedé dormido. Poco o nada recuerdo hasta llegar al hospital. Cuando me desperté, sólo tenía una pierna rota y algunas contusiones leves. La enfermera me contó lo que había pasado y rompí a llorar. Había chocado contra un turismo en el que iba una mujer que salía de su turno de trabajo. Pregunté como estaba pero nadie me decía nada. A los pocos días me dieron el alta y quise ir a visitarla, pero sus familiares no me dejaban pasar. Escuché su voz diciendo que quería verme y nos dejaron solos. Apoyé mis muletas en su cama y vi el desastre del que era responsable. Todavía tengo esa imagen grabada en mi cabeza. Pedí disculpas de todas las formas posibles y le ofrecí mi ayuda para cualquier cosa que necesitase. Ella sonrió. ¿Sabes lo que me dijo?

Negué con la cabeza.

-“Te perdono”. Además lo dijo con una paz que me dejó helado. Era la última reacción que esperaba. Yo estaba dispuesto a recibir insultos, incluso golpes. Cuando le pregunté si de verdad no tenía ningún rencor hacia mí, me contestó: “Si hay algo que es inútil en esta vida es el odio. Creo que ahora mismo tú necesitas más ayuda que yo. Ordena esa cabeza e interioriza la lección. Vivimos y aprendemos”. Cuando salí de aquella habitación no volví a ser el mismo. No me denunció y al no tener antecedentes, cumplí horas de servicio a la comunidad. Me fui recuperando poco a poco, siempre teniendo en cuenta lo que me había dicho esa mujer. Fui a la universidad, compré el “Traveler” y viajé todo lo que pude ayudando a todo aquel que necesitase mi ayuda. Lo gracioso es que hace poco vi a Xenia con un carrito de bebé, y estoy invitado al bautizo de su hijo. Su marido es un buen tío, la verdad.

XIII

La pregunta fue seca, y esta vez él sí que esperaba una respuesta. Se quedó parado en medio del camino, con sus ojos directamente clavados en los míos. No era una mirada desafiante, pero tenía otro matiz que yo no acababa de identificar.

La respuesta era no. No conocía nada de su pasado. Siempre había pensado que era así, de esa clase de personas que nacen con luz propia y que desde pequeños habían visto el mundo de esa manera tan especial.

-La verdad es que no Rob- contesté- no sé nada de ti antes de que conocieras a mi hermano.

Volvió a sonreír.

-Creo que es mejor que lo hablemos arriba. –se dio la vuelta y continuó andando- Un par de minutos más y ya estaremos.

La última parte del recorrido fue realmente dura. Rob iba apartando las ramas de un camino que era impracticable. Ya no llovía, pero el barro y los desniveles del terreno no nos lo ponían nada fácil. Las piernas me empezaban a pesar y yo me sentía incómodo, tenía la sensación de haber arruinado de alguna forma ese momento que estábamos viviendo juntos. Lo que no sabía es que le había ahorrado muchos rodeos en el encargo que tenía.

Hicimos el resto del camino callados. Iba absorto en mis pensamientos cuando me di cuenta de que Rob había desaparecido. Me había despistado 10 segundos y ya no estaba.

-¿Rob?¿ROB?¿Dónde estás?.

No hubo respuesta. Seguí por inercia, suponiendo que tenía que ir hacia la cima y rezando por que mi incompetente sentido de la orientación no me la jugase una vez más. Al apartar una rama enorme lo vi de espaldas, quieto, acercado al borde de un saliente en el que se veía todo el valle que habíamos subido.

-Oye, no me vuelvas a hacer eso, créeme que si me dejas solo aquí va a tener que venir hasta el Mi6 para encontrarme.

No me dijo nada. Es más, pareció no haberme escuchado. Me quedé en silencio, observando las vistas e intentando ver ese algo que él veía y yo no. Montañas, árboles y alguna casa. Evidentemente era un paisaje bonito y había merecido la pena el viaje, pero en cierto modo pensaba que era desperdiciar mi último día de vacaciones pudiendo hacer algo más productivo.

-¿Dónde estás?- me preguntó.

-A ciencia cierta no lo sé. Siempre he sido un desastre orientándome. Una vez estando de Erasmus conseguí que 20 personas hicieran 2 kilómetros andando en dirección opuesta sólo porque estaba seguro de que atajábamos por dónde yo decía. Digamos que tuve que pagar una ronda en compensación.

-No me refiero geográficamente. Si no a nivel mental. ¿Dónde estás?

Respiré de manera profunda.

-En el montón de papeles que me esperan en mi mesa al llegar al trabajo. En a dónde tendré que ir la semana que viene, y con quién me tendré que pegar para conseguir dinero para algo que no me interesa lo más mínimo.

Hubo un silencio. Supongo que para que pensase eso que acababa de decir en alto.

-¿Cómo acabaste así?- me preguntó sin dejar de mirar al frente.

Esta vez fui yo el que sonreí. Me quedé pensando en qué versión dar, si la corta o la sincera.

-Fue una vía de escape. Decidí apostar todo al trabajo, era lo único que me quedaba.

-Me parece una afirmación muy derrotista. ¿Qué había de tus amigos y familia?

Miré hacia una pequeña casa que estaba rodeada de árboles, casi apartada de todo.

-A ellos no les pude pedir más, aunque quizá ellos a mí sí. Hicieron todo lo que pudieron pero a decir verdad tampoco era yo. Es complicado ver que tu mundo se derrumba por segunda vez, justo cuando pensabas que te habías recuperado del primer embiste. Dos seguidos fueron mucho para mí. Me fui, y cuando volví a casa ya tenía un trabajo que me mantenía la cabeza ocupada en algo que no fuese aquello. Ahora simplemente lo he enterrado.

– Eso es que sigue ahí.

-Procuro no pensar mucho en ello.

-Estoy seguro de que lo sigues haciendo.

-Más de lo que me gustaría-admití.

Rob se sentó, cruzó las piernas y comenzó a liar un cigarrillo. Yo hice lo propio y saqué mi paquete de la cazadora.

-Si algo he aprendido durante todo este tiempo es la importancia de estar presente. En el momento que esa pequeña vocecilla que suena en tu cabeza te aleja de con quién estás o lo que sea que estés haciendo, has perdido. Todo lo que haya pasado, sea bueno o malo, no puedes hacer nada para cambiarlo. Nos anclamos en el rencor, el orgullo y el enfado. Nos envenenamos a nosotros mismos y lo enterramos, como dices tu. Lo único que consigues con eso es que siga ahí, cada vez más hondo e innacesible.

Hizo una pausa y le dio una calada a su cigarrillo.

-La mayoría de la gente vive pensando en todo aquello que pasó o que no tiene. Eso hace que deje de prestar atención a todo lo que sí está a su alcance. Lo único que puedes hacer es aceptar las cosas y seguir adelante. Ser agradecido con lo que tienes. Decidir qué es lo que quieres cambiar de tu vida y hacerlo. Crear caminos a través de nuevos errores y embarcarse en cosas que te motiven, como esa pequeña empresa. Busca lo que sea necesario y comprométete con ello. Y, por supuesto, no dejes de cuidar a la gente que te quiere. Al final todo se resume en eso. Si te comprometes a usar tu voluntad de manera habitual para mejorar la vida de las personas que te rodean llegará lo único que importa. El éxito tiene que ser siempre primero en casa. Todo lo demás vendrá rodado.

XII

Nos alejamos del “Traveler” con un paso firme y decidido. Era un día nublado y la humedad del ambiente se podía notar en los huesos. Yo aseguraba cada una de mis zancadas intentando no poner un pie en uno de los numerosos charcos que había.  Rob, por otra parte, parecía entusiasmado y no paraba de comentar detalles sobre cualquier planta o ser vivo que se cruzase en nuestro camino.

Unos minutos después ya estábamos rodeados de árboles, tan altos que ni siquiera se podía ver el cielo.

-Este parece un buen sitio. ¿Te parece bien si desayunamos aquí?

Miré a mi alrededor y no sabía qué tenía de especial ese sitio en comparación con otros por los que habíamos pasado anteriormente. Me encogí de hombros y asentí.

Rob se sentó en el suelo y apoyó su mochila a su derecha. Yo todavía estaba algo molesto por no poder llevar conmigo la mía, pero a fin de cuentas él era el experto en aventuras y me había prometido no rechistar durante aquella experiencia. Pese a eso, mi cabeza seguía cuestionando todo al carecer de información básica como el recorrido, la comida o la hora de regreso. Deformación profesional, me dije para mis adentros.

-Veamos…

Sacó de su mochila dos envases de plástico llenos de diferentes frutas troceadas y un termo con café. Me sorprendió el tempo con el que colocaba todo, de manera ordenada y meticulosa.

-Vaya, no te imaginaba tan detallista. Este pic-nic está genial, hasta la fruta está perfectamente cortada.

-Escuché una vez que la forma en que haces cualquier cosa es la forma en que lo haces todo. Esa frase dice mucho, ¿no crees?- dijo mientras me miraba a los ojos con ese brillo radiante.

-Supongo que sí. Nunca la había escuchado. Aunque a veces es complicado poner tanto mimo en todo lo que hagas. ¿Siempre hay mil cosas que hacer no?

-Si de verdad son importantes para ti debes hacerlas con todo  el cuidado posible. Y si no lo son, simplemente no las hagas.

Acabé mi fruta y mi café pensando en ese consejo. Rob se llevaría muy bien con el Señor Blanco, aquel manager de hotel tan peculiar, pensé. Al acabar, y después de recoger todo, se puso en pie de un salto.

-¿Empezamos?

Al decirlo me recorrió una sensación en el pecho que hacía mucho tiempo que no notaba. Me noté decidido y capaz de todo, ni aun sabiendo a qué me iba a enfrentar. Cogí aire e intenté replicar su salto, con tan mala suerte que me caí de espaldas y manché toda mi chaqueta de tierra. Reímos los dos a carcajada limpia.

Comenzamos una subida hacia Dios sabe dónde. El camino cada vez era más complicado y yo estaba seguro de que habría una ruta más accesible allá a donde fuéramos, pero supuse que de haberlo hecho así no sería ni la mitad de divertido.

-Sólo hemos estado hablando de mí hasta ahora. El que tú participes forma parte de esto. ¿De qué te sientes orgulloso ahora mismo en tu vida?

Aquello me cogió fuera de lugar. Nos conocíamos desde hacía mucho tiempo pero nunca habíamos llegado a intimar a ese nivel. Por todo lo que estaba pasando supuse que se merecía una respuesta sincera:

-Creo que mi carrera profesional está bastante bien para alguien de mi edad. Tengo mucha responsabilidad y creo que si sigo haciendo las cosas como hasta ahora puede que algún día llegue a ser alguien importante dentro de la empresa.

Sin bajar el ritmo ni mirar atrás me contestó:

-¿Y todo eso para qué?

Buena pregunta. Me estaba haciendo pensar, eso me gustaba, pero también me incomodaba el cariz personal que estaba tomando todo aquello. No teníamos tanta confianza. Me quedé callado dándole vueltas a la respuesta y él aprovechó para embestir de nuevo.

– ¿Qué te hace sentirte estimulado en tu vida?

Otra más. No tendría mucho sentido resistirse a aquello. Sabía que no se daría por vencido tan fácil, así que contesté lo más franco que pude:

– Me encanta el hecho de desarrollar proyectos. El cómo pasan de mi cabeza al papel y de ahí a cobrar vida es algo alucinante. No hay satisfacción mayor que ver a la gente feliz por algo que has creado tú, por mucho esfuerzo que te haya llevado.

-Entiendo que es a lo que te dedicas.

– A decir verdad no, estoy más en la parte comercial. Ahora mismo estoy atrapado en reuniones, peleándome para que los que ponen el dinero estén contentos. Cuando salí de la facultad tenía claro que quería montar una empresa con un pequeño equipo, llevando a cabo sólo proyectos que a mí me entusiasmasen.

-Parece que hayas desechado esa idea. ¿Eso te haría feliz?

-Desde luego. El problema es que dar el salto y volar solo trae muchas complicaciones, aunque sería estimulante. Supongo que tengo miedo al fracaso.

-La gente tiende más a renunciar que a fracasar, es la vía cómoda.

Yo siempre tenía la última palabra y aquel día estaba siendo una terapia de choque. No podía rebatir ninguno de sus argumentos, así que decidí tomar notas mentales para madurarlas después.

Comenzó a llover y mis ánimos empezaron a decaer. Después de media hora me estaba empapando y  la subida era casi impracticable. Rob lo notó y me gritó desde unos metros más adelante.

-¡Nadie dijo que esto fuera a ser fácil! Un poco más y habremos llegado. Para saber que sigues con vida necesito que sigas hablando. ¿Qué opinas del amor?

Cualquiera que nos hubiese escuchado pensaría que estábamos mal de la cabeza. Así, sin venir a cuento. ¿Qué se supone que tenía que contestar a aquello? Tiré de hemeroteca y usé una frase de Enrique Jardiel Poncela,  grabada en mi mente a fuego desde la primera vez que la había leído, justo después de que Marta cortase conmigo.

– “El amor es como una goma elástica que dos seres mantienen tirantes, sujetándola con los dientes; un día, uno se cansa, suelta, y la goma le da al otro en las narices”.

Rob se frenó en seco por primera vez en todo el recorrido. Aquello le había dejado fuera de juego, así que se giró, sonrió y me preguntó:

-¿Tu hermano te ha llegado a contar cómo era yo?

XI

Nunca me había gustado  la incertidumbre. El no saber a qué me iba a enfrentar me producía una ansiedad que manejaba con mucha dificultad y aquella quedada me hacía sentir expuesto a ella.

Me auto convencí obligándome a pensar que necesitaba eso y que no podía salir nada malo de aquello. Era Rob.

Esperé delante de la puerta de mi casa con mi mochila al hombro. Como no sabía qué me esperaba llevaba todo tipo de útiles de supervivencia en ella. Barritas energéticas, bebida, una toalla, la batería externa para mi teléfono móvil e incluso una navaja multiusos que me había regalado mi hermano y que nunca había llegado a utilizar.

A llegar las 8 en punto y ver doblar la esquina aquel viejo coche destartalado, lleno de pegatinas y pintado de diferentes colores supe que era él. El “Traveler”, así le llamaba.

Ese coche era como su barco pirata. Había estado en más países que la mayoría de gente que conocía hasta ese momento. Yo lo recordaba de las visitas que le hacía a Jacobo cuando estaba en la universidad. La noche que conocí a mi cuñada Ana volví a casa a las 8 de la mañana en el maletero sin saber a ciencia cierta dónde estaba mi hermano. Yo tenía 14 años.

Juntos habían pasado por muchas aventuras y numerosas estancias en el taller, pero el viejo “Traveler” seguía dando guerra siempre guiado por su valiente capitán.

Se paró a mi lado e intenté abrir la puerta. Como no fui capaz, Rob se estiró desde el asiento del piloto y lo abrió desde dentro con una sonrisa.

-¡Rapaz! ¡No me creo que te tenga delante! ¡Dame un abrazo!

Todavía no acababa de entender de dónde sacaba la energía ese tío.

-Buenos días Rob. ¿A dónde me llevas?

-Primero a desayunar. ¡Las aventuras siempre son mejores con el estómago lleno!

Arrancó y nos fuimos. Al preguntarle dónde había estado metido, me empezó a relatar lo que había hecho desde el inicio de este último año.

Empezó dando clases de esquí en los Pirineos, sin tener ni idea de cómo hacerlo. Con tres semanas de antelación había ido para recorrer todas las pistas a base de caídas, lo que fue suficiente para enseñar a los esquiadores novatos lo básico.

Cuando acabó la temporada de esquí y hubo conseguido el dinero necesario para continuar su aventura saltó a Francia donde recorrió toda la costa azul hasta llegar a Italia. Fué camarero durante tres semanas en Nápoles, quedándose a vivir en casa de la familia que regentaba el negocio hasta que se pudo pagar el ferri para él y su “Traveler” hasta Túnez.

Recorrió toda la costa norte de África, donde le robaron y recuperó su pasaporte en menos de un día gracias a la ayuda de un comerciante local al que había ayudado desinteresadamente. Este hombre le ofreció ganar un dinero utilizando su vehículo como transporte hasta Argelia, donde siguió hasta Ceuta, cruzando el estrecho para adentrarse en Portugal y llegar a casa.

Lo más curioso es que estábamos en Mayo y a mí no me daban las cuentas. Ese hombre había vivido más en los últimos cuatro meses que yo en toda mi vida. Lo que más me llamaba la atención no eran sus aventuras, si no el brillo en los ojos y la sonrisa que tenía al contarlo. Era feliz.

-¿Y tú qué? ¡Estás desaparecido! ¿No has hecho nada emocionante en todo este tiempo?

Cualquier cosa que le hubiese contado, aun inventada, no iba a ser nada comparado con todo lo que había escuchado durante la última media hora.

-Digamos que mi trabajo no me deja vivir esas aventuras. Visito muchos sitios, pero acabo encerrado en despachos.

Rob sonrió.

-Tu hermano me ha dicho algo parecido. El día de hoy te vendrá genial. De hecho, tengo preparado algo especial para ti.

Diez minutos después tomó un desvío y paró el coche en una carretera secundaria donde lo único que había era árboles en lo que parecía muchos metros a la redonda.

-¿Desayunamos?- preguntó.

Desconcertado, asentí con la cabeza y cogí mi mochila.

-¿Se puede saber qué llevas ahí? Déjame ver…Madre mía – dijo mientras revolvía dentro de ella y esparcía todo por el coche- Nada de aquí te va a hacer falta. Mira, voy a ser generoso y te voy a dejar únicamente esto. Y dame tu móvil.

Me entregó la navaja con una mano mientras me pedía mi teléfono con la otra. Hice lo que me pedía.

-¿Estás listo?

X

Era de noche y decidí que era el momento de irse a casa. La gente se había ido despidiendo en pequeños grupos y sólo quedábamos unos pocos. Me encontré a Patri en la puerta.

– Espero verte más a menudo por aquí.

-Siempre vuelvo, ya lo sabes- dije.

-Nunca me valieron esas respuestas vagas. Sigues siendo un caja vieja y cerrada. Intenta abrirte de vez en cuando, es algo que nunca conseguí y que te vendrá bien. De todas formas, en el peor de los casos supongo que te veré en la boda.

-Hubo un tiempo en el que pensaba que iríamos juntos a esa boda, pero esta vez pediré que me alejen lo máximo posible de ti. Sé lo agresiva que te pones cuando abren la barra libre. Dale un beso a Sandra de mi parte cuando la cosa se calme un poco, no he querido molestarla.

-Lo haré, no lo dudes.

-Cuídate y gracias por haberme llamado.

Comencé a andar pensando en todo lo que había pasado. Ese día había sido una vorágine de sensaciones y sentimientos. Necesitaba aire y aquella vez tomé un desvío.

Me senté en el muro de piedra y encendí un cigarrillo. Me encantaba ese sitio y pocas veces tenía la oportunidad de disfrutarlo en silencio. Desde allí podías ver todo el pueblo, el mar y el paseo marítimo. Pasaban decenas de personas todos los días por allí, pero pocos se daban cuenta de lo especial que era.

Mi lugar de pensar, así le llamaba. Le había puesto ese nombre cuando una tarde, harto de auto compadecerme por la ruptura con Marta, decidí sentarme a diseñar cómo iba a salir de aquella depresión. Armado con papel y bolígrafo, puse claras mis prioridades y me comprometí con ellas hasta conseguir el éxito.

El éxito. Un buen trabajo, proyectos interesantes, bienes materiales y asegurar mi futuro. Aquella había sido mi definición del mismo y aquello había conseguido. Qué equivocado estaba.

Si algo había aprendido ese día era que el éxito no era eso. Marcos me había enseñado lo que era de verdad. Hacer mejor la vida de otras personas, disfrutar de los tuyos mientras puedas y cuidar el ahora que, al fin y al cabo, es lo único que tenemos. Si de algo en el futuro te tenías que preocupar era de dejar un legado entre tu gente del que estar orgulloso.

Pensé en el Señor Blanco y su pajarita que todavía guardaba en mi cartera. Ahora acababa de entender totalmente sus consejos. También en mi familia y lo preocupados que estaban por mí y mi actitud ausente cuando estaba con ellos. En Silvia y Javi, que sabían que yo no era esa persona en la que me había convertido. En Cata y sus esperanzas de que me pudiese perdonar a mí mismo y seguir adelante. En la valentía de Sandra y su actitud hacia la vida.

Me detuve a analizar cómo era antes. Una persona alegre, dinámica y rodeada de gente. Alguien con el que todo el mundo quería estar, porque rebosaba buen humor y positivismo. Veía obstáculos y los superaba, aunque sólo fuese para demostrarme que era capaz de hacerlo. Aquello se podía recuperar, solo necesitaba algo o alguien que me sacase de esa espiral en la que estaba y que solo acabaría con más trabajo.

Únicamente me quedaba un día antes de volver a la oficina y no me veía con fuerzas para enfrentarme a la rutina. Mis vacaciones habían tenido de todo, pero al menos había conseguido distanciarme por completo de aquello que tanta vida me consumía.

La oficina. Todavía tenía el móvil en silencio desde el funeral. Metí la mano en mi bolsillo y lo desbloqueé. De entre todo el aluvión de notificaciones hubo una que me llamó la atención, en gran parte por su oportunismo. Era un mensaje de texto y no conocía el remitente. ¿Quién seguía enviando SMS a estas alturas?

“¡Tu hermano me ha dicho que estás aquí! Mañana a las 8 de la mañana te recojo. ¡Lleva ropa cómoda y no te preocupes por nada más!” – Rob.