VI

El camarero trajo su plato y no pudo evitar mirarla. Sus ojos verdes también se fijaron en él y de sus bonitos labios salió media sonrisa, haciendo que se ruborizase. Era joven, inteligente y hermosa. Además, si sumabas  su carácter, poseía una mezcla explosiva que pocos hombres podían manejar.

-¿Puedes dejar de hacer eso? Siempre que quedamos parezco el novio cornudo- sugerí.

-¿Hacer el qué?- dijo Cata.

-Déjalo, creo que ya me estoy acostumbrando.

-Cariño, era bastante guapo. Hasta creo que lo he puesto nervioso. Me encanta cuando sois tan inocentes. Relájate y disfruta de la comida, tiene una pinta estupenda.

-Algún día darás con la horma de tu zapato. Entonces sí que disfrutaré.

-Estoy en un buen momento, no me lo estropees. Cuando llegue ese día ya no me quedará nada por hacer como soltera y seré feliz con mi marido. ¿No es un buen plan?

-¿Das por hecho que lo conquistarás entonces?

-Él será el que me conquiste. Así funciona la auténtica seducción, tontiño.

-Touché- dije resignándome.

– Ahora que ya nos hemos puesto al día con mi vida- dijo lentamente mientras entrecerraba los ojos- nos toca la tuya. ¿Cómo está ese corazoncito de oro que se rompe como el cristal?

Sonreí de la manera más sarcástica que pude. A muy pocas personas les consentía esa clase de agudezas sin tomármelo de forma personal. Sin embargo, ella tenía una manera tan sutil y adorable de hacerlo que siempre me desarmaba.

-Digamos que mi corazoncito está ahora mismo en aguas internacionales. No pertenece a nadie y nadie lo reclama. He preferido centrarme en mi trabajo que, al fin y al cabo, es casi como una esposa posesiva y celosa, por lo que tengo el cupo lleno.

-¿Pero no hay nadie? Algo ha tenido que pasar durante estos meses que no he sabido nada de ti- preguntó sorprendida.

-Si te soy sincero, desde Marta no he estado con nadie, más allá de alguna noche loca- aclaré.

Hizo una mueca de aburrimiento mientras ponía los ojos en blanco. Yo sabía lo que venía y me puse cómodo, echando mi silla un poco hacia atrás.

-No. No, no, no. Sigues pensando en ella. Escúchame: pensé que esto ya lo habíamos hablado, unas cuántas veces además. Con Patri te había pasado lo mismo, y estuviste igual hasta que la conociste. Move on.

– Tranquila, eso ya es historia. Me ha costado tiempo hacerme a la idea, ya lo sabes, pero la he olvidado. También he de decir que no saber nada de ella me ha ayudado mucho. Hace meses que no paso por el pueblo, y seguiría así de no tener que ir a ver a unos amigos esta semana.

Como sabía que no me creía, intenté proseguir con mi defensa y obviar aquella inoportuna mención:

-A decir verdad, tampoco he tenido tiempo. Estoy en todos los sitios y en ninguno, por lo que mi vida sentimental no ha podido avanzar. No ha aparecido nadie especial en todo esto tiempo, y yo no tengo la culpa.

-Sigues siendo el mismo bobalicón. Sigues pensando que la mujer de tu vida aparecerá por obra divina, te sonreirá y no os separaréis nunca. Créeme, eso no pasa. Evidentemente puede haber casualidades, pero no te van a llegar mientras te pases 10 horas detrás de tu escritorio en tu bonito despacho. Todavía eres guapo y estoy seguro de que queda algo de ese jovencito seductor que me tenía loca.

-Yo no estoy tan seguro. Estoy algo desentrenado. Creo que ni me acuerdo de cómo se cortejaba a una mujer. Confío en que llegado el momento mis habilidades vuelvan mágicamente.

Unos minutos después el camarero nos recogió los platos y vino con la carta de los postres.

-¿Desean algo dulce?- dijo mirándola directamente a los ojos.

Cata le aguantó la mirada, levantó una ceja y, después de una pausa totalmente calculada contestó:

-Suena apetecible. La tarta de queso de aquí es orgásmica.

-Yo tomaré un café. Tráiganos también la cuenta por favor- corté.

El camarero volvió rápidamente con lo solicitado, con la porción de tarta más grande que jamás he visto nunca en un restaurante.

-Aquí tiene Señorita. Espero que lo disfrute.

– Créeme que lo haré- dijo ella mientras sonreía y el camarero abandonaba la mesa más nervioso aun- Como te iba diciendo, tienes que empezar por encontrarte a ti mismo. Sé que suena a tópico, pero hasta que estés entero no podrás encontrar a tu media naranja.

– Eso ha sido una frase digna de una comedia romántica, pero supongo que tienes razón.

Cuando ella hubo devorado su porción enorme de tarta nos levantamos y abandonamos el local.

-Tengo que venir más a este sitio, la comida está increíble y el servicio es exquisito- apuntó con una sonrisa juguetona- Llámame cuando tengas un hueco anda, y piensa en lo que te he dicho.

Me dio un beso en la mejilla y vi cómo se iba. Su vestido se ajustaba perfectamente a las curvas de su cuerpo y el viento mecía su pelo de una manera suave, pero increíblemente sexy.

Unos meses después me reconoció que con aquel gigantesco trozo de tarta iba una pequeña servilleta doblada con el número de Damián, el camarero.

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V

Bajé por el camino de piedra con Golfo saltando a mi lado. Hacía un día espléndido y el jardín estaba cuidado como siempre. Me descalcé, cogí mis zapatos en mi mano derecha y noté cómo mi cabeza se empezaba a despejar.

Jacobo y Ana estaban en la piscina, cada uno con su cerveza en la mano y descansando sobre aquellos sofás hinchables que hacía muchos años que se habían amortizado.

-¿Otro tatuaje? Creía que los hermanos mayores eran los que tenían que dar ejemplo– dije.

– Hace mucho que dejé de ser el hijo responsable. Es bueno para ti, tendrás más herencia.

– Tendrías que haber visto la cara de tu madre. No te garantizamos nuestra asistencia a la próxima comida familiar- comentó Ana.

-No me hagáis eso. Aunque sea te pago yo el láser, pero no me dejéis solo aquí –  supliqué.

-¿Has visto ya a Papá? – preguntó él- Creo que está en la barbacoa.

-Me voy a poner algo más cómodo. Quizá pare a ver cómo va la carne.

Con ese último comentario caminé hacia la entrada principal. A medida que iba subiendo recordaba cuánto me gustaba esa casa, pese a todo lo que había vivido dentro de ella. Intuí la silueta de mi padre a través de la cristalera pero seguí hacia dentro, apartándome de su campo de visión y enfilando el camino hacia el interior del edificio.

Subí las escaleras y me planté delante de la puerta de mi habitación. Giré el pomo y me quedé quieto, ensimismado. En menos de un segundo se me dibujó una sonrisa.

¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que había estado allí? Mis libros, cómics y videojuegos estaban colocados escrupulosamente, tal como los había dejado. Incluso la pizarra estaba sin borrar, con aquel proyecto loco que había diseñado y que había abandonado por un trabajo que por aquel entonces parecía lo más adecuado.

Abrí el armario, cogiendo un bañador y una camiseta conmemorativa de la promoción de mi facultad. La estiré delante de mí, viendo las letras y el logotipo de la Universidad.

“2010 – 2014. Qué locura” pensé.

Aquellos habían sido unos buenos años. Estaba lleno de vida y todo el que estaba a mi alrededor podía notarlo. Todavía pensaba en eso de vez en cuando. ¿Dónde había quedado toda esa energía? Me había desgastado a pasos agigantados.

Sacudí la cabeza y cerré la puerta. Al llegar de nuevo a la piscina pude disfrutar de unos momentos de tranquilidad. Me encantaba la sensación del sol en mi piel. Mi hermano me recordó que de pequeño me creía como Superman, que ganaba fuerza y me recuperaba a través de él. Mi cuñada reía. Yo le eché la culpa a todos esos cómics en los que me había dejado la paga año tras año.

Después de refrescarme, llegó el momento de la comida y, al llamarnos a la mesa, no tuve elección.

-Hola Papá, la carne tiene buena pinta – dije esquivo.

-Mejor sabrá.

-¡Venga, sentaos! No llevo todo el día en la cocina para que todo esto se enfríe- ordenó mi madre mientras cortaba a tiempo una contestación que no avecinaba nada bueno.

La comida discurrió como de costumbre. Mi padre haciendo valoraciones arcaicas sobre todo cuanto pasaba en el mundo y mi hermano discutiéndolas. Yo estaba ausente, en mi mundo, y lo único que hacía era deslizar mi mano bajo la mesa  de vez en cuando para darle algún hueso a Golfo, que se había sentado a mi lado. También hablaba con mi cuñada, siempre de temas banales y  sin llegar a profundizar en nada. Mi cabeza era lo único que pedía.

Al llegar el postre, mi madre, que me había estado mirando preocupada en todo momento, me preguntó:

-¿Te pasa algo?

-No. Tranquila, estoy asimilando las vacaciones, sólo eso.

-¿Tienes algo pensado para estos días?

-Iré al pueblo. Joaquín y Silvia se casan en Septiembre. Les he prometido tomar algo con ellos por lo menos una vez antes del gran día. Supongo que aprovecharé para ponerme al día con Cata, y aún no sé si algo más.

– Rob ha vuelto de otro de sus viajes y pasará aquí unos días. Creo que esta vez ha estado en Tailandia. Siempre me pregunta por ti. Deberías llamarlo. – sugirió Jacobo.

– ¿Sigue con esas pintas?- murmulló mi padre.

– Es posible que lo haga- dije- No he vuelto a saber de él más que por sus fotos. Siempre se le ve radiante, puede que me venga bien.

-Le diré que estás aquí y que te lleve a alguna ruta de las que conoce. Un día con él puede dar para mucho.

IV

Durante medio segundo dudé, no sabía dónde estaba. Odiaba esa sensación y cada vez me pasaba con más frecuencia. Esta vez no era ningún hotel, estaba en casa, lo que lo hacía más raro todavía.

Mi espalda se resentía al haberme quedado dormido en el sofá. Puse la cafetera en el fuego y me metí en la ducha. Estuviese donde estuviese había algo que nunca cambiaba. La sensación del agua hirviendo sobre mi piel era una de las dos mejores terapias que había encontrado hasta el momento. La otra la había dejado, quién sabe si definitivamente.

Tomé el café mientras consultaba mi correo electrónico. No tenía ningún mensaje y, como tampoco quería tenerlo, habilité una respuesta automática diciendo que me encontraba de vacaciones durante toda esta semana.

Al ponerme el reloj me di cuenta de que llegaba tarde, como siempre. En mi trabajo era algo que no me podía permitir, así que inconscientemente era una mala costumbre que había derivado hacia mi vida personal. Una vez más, los perjudicados eran mis más allegados.

Apuré el café y me cepillé los dientes. Intenté hacer que lo posible con mi pelo y cogí las llaves de casa. Durante la bajada en ascensor hasta el garaje miré el llavero y sonreí acordándome de cuánto había dudado al escogerlo. Mi cambio a ese piso había significado  un cambio de etapa, un ascenso laboral y un acercamiento a mis metas. Quise algo que me recordase todo eso y al mismo tiempo conmemorase el camino que había recorrido hasta entonces. La elección había sido ardua pero acertada.

Una vez dentro de mi coche hice un camino que sabía de memoria. Había pequeños cambios, pero nada relevante. El camino arbolado y verde hacía que me sintiese bien, en casa incluso antes de llegar.

Abrí el portal y Golfo asomó la cabeza, reconoció el coche y  se abalanzó sobre la ventanilla del conductor. Ladraba, daba vueltas como un loco sobre sí mismo y alrededor del vehículo. Casi no pude contenerlo cuando abrí la puerta.

Cuando conseguí salir la vi. Apoyada sobre la puerta de casa y con la misma sonrisa de siempre.

-Llegas tarde. Tu hermano y tu cuñada te esperan abajo en la piscina. Todavía tienes ropa en tu habitación. Dame un beso anda.

Era increíble.

Seguía estando guapa. A pesar de todo el trabajo que había hecho durante toda su vida dentro y fuera de casa. Era  la mayor de cuatro hermanos y el hada madrina de toda una familia, en especial de sus hijos. Había luchado toda su vida porque  a todo el que le importaba nunca le faltase de nada, aunque ella se tuviese que levantar en medio de la noche para atender una guardia y conseguir así unos ingresos extra. Pensándolo bien, ni en un millón de años le podría devolver todo lo que hizo por mí.

Le di un abrazo y un beso.

-Hola mamá. ¿Cómo estás?

-Llevo toda la mañana en la cocina, para variar. Estás delgado.

-He estado haciendo deporte estos meses – dije mientras sacaba un cigarrillo.

-No me tienes pinta. ¿Cómo va el trabajo?

-Sobrevivo, aunque estoy de vacaciones y es lo último en lo que quiero pensar, la verdad.

-¿Has hablado con tu padre?

-Supuse que lo vería aquí, aunque no sabía si estaba invitado.

-Supusiste bien. Está en la barbacoa.

-Primero voy a ver a la familia – dije.

III

Me desperté, desayuné y cogí el metro hasta la terminal.

Cuando era pequeño adoraba volar. La liturgia de los aeropuertos me parecía excitante y vivía aquello como una aventura desde el principio hasta el final.

Me apasionaba el control de seguridad, que me hacía sentir como un fugitivo aún no sé por qué. Buscar la puerta de embarque en los paneles electrónicos era un juego, escudriñando aquellos extraños códigos con un montón de destinos diferentes. La cola para embarcar era emocionante, viendo como poco a poco se iba acercando el gran momento de entrar en el avión. Prestaba atención a las instrucciones del personal de vuelo, imaginando que en el peor de los casos yo sería el salvador de toda la tripulación al saber todas las pautas al dedillo.

Me fijaba en cualquier cosa, pero sobretodo en las personas.

Todo el mundo parecía fascinante. Me imaginaba países, vacaciones y reencuentros sólo con observar a los pasajeros que caminaban a mi lado. Historias dignas de escuchar que visualizaba y me hacían volar antes de entrar en el avión.

Lo que más me llamaba la atención eran esos ejecutivos que veía en las cafeterías y las salas de espera, hablando por teléfono o con sus ordenadores. También imaginaba cómo sería su vida, cerrando tratos mientras asistían a reuniones importantes por todo el mundo. Me vislumbraba de esa forma cuando fuese mayor. Quizá por eso acabé así.

Aquel fue otro vuelo más.

Otra vez quitarse el reloj y el bolígrafo para el control de seguridad, pese a saber que no saltaba la alarma. Sólo confirmaba la puerta de embarque en el panel de información, conocía demasiado aquella terminal en particular y ese vuelo en especial. La cola era insufrible, pese a tener acceso prioritario. Me ponía los auriculares incluso antes de sentarme para no tener que volver a escuchar lo mismo, sabiendo que si hubiese algún problema los cinturones sólo serían una herramienta para poder identificar mejor a los cadáveres.

Los ejecutivos ya no llamaban mi atención, ahora sólo diferenciaba entre los que estaban quemados y los que acababan de empezar.

Paré un taxi y le pedí que me llevara a casa. Por la ventanilla contemplé que todo seguía igual, como si no me hubiese ido nunca. Ya no hablaba con los taxistas.

Al llegar otra bofetada de realidad me golpeó de lleno. Algo a lo que creía que estaba acostumbrado, pero que sólo me repetía para hacerlo más llevadero.

Mi apartamento era un lugar frío. Un museo de cosas inútiles y caprichos que mi nómina me permitía y que una vez adquiridos pasaban a ser parte de una decoración ostentosa que nunca podía compartir.

Envidiaba los apartamentos de mis amigos, llenas de fotografías con sus familiares y parejas,  recuerdos en los que se les veía felices y que hacían de sus viviendas un hogar.

Yo sólo tenía una fotografía enmarcada. Era un recuerdo agridulce, del día en el que me di cuenta de que debía pasar página. Fue un punto de inflexión, en el que cerré toda puerta a los sentimentalismos y me centré en mi trabajo. Cada vez que volvía a casa me quedaba mirándola, como culpándola de mi situación actual.

Deshice mi equipaje y abrí una cerveza. Me tumbé en mi sofá, con los pies en alto y en silencio. Saqué mi pequeño block de notas y mi bolígrafo. Tenía una semana para coger aire y muchas personas a las que ver.

Lo único que sabía con certeza era quién iba ser la primera.

II

Era un hombre mayor. Vestía con ropa cómoda, incluso demasiado informal para el sitio en el que nos encontrábamos. Su postura relajada transmitía tranquilidad.

Me sorprendió ver que no estaba bebiendo nada, únicamente estaba apoyado sobre la barra, haciendo una pajarita con el ticket de la consumición de un cliente que había quedado allí. Supuse que sería un huésped habitual del hotel, ya que el camarero no se dirigió a él en ningún momento.

Me devolvió la mirada, sonrió y continuó doblando ese pequeño trozo de papel.

Yo miré de nuevo al mío, todavía seguía en blanco.

Volvía a casa después de una larga temporada fuera. Debía visitar a familiares, amigos y conocidos, así que quería estructurar mis únicos días libres antes de volver otra vez a la rutina. Empecé a anotar compromisos.

Compromisos. ¿Por qué los veía así? Era gente a la que quería ver y con la que quería estar, no eran obligaciones. Era otro síntoma de mi adicción al trabajo, sólo veía reuniones aunque fuesen reencuentros.

-Otro adicto a las listas – musitó el extraño.

-Defecto profesional. Ayuda a establecer prioridades- contesté sin levantar la vista.

-Las prioridades deben de estar siempre claras, las listas sólo ayudan a confundir lo urgente y lo importante.

-¿Cómo diferenciarlo entonces?

-No lo diferencias, lo sabes. La gente como tú piensa que la vida es una lista de cosas que vas tachando poco a poco. Nada más lejos de la realidad.

Solté mi bolígrafo y me giré hacia él. No me gustaban los desconocidos que se creían en la posesión de la verdad absoluta. Siempre he apreciado la experiencia, pero los consejos vacíos me irritaban.

-Cuénteme entonces. ¿Qué es la vida?

No me miró. Seguía concentrado en su pequeña obra, haciendo pliegues de una manera precisa, como examinando el papel y disfrutando del proceso.

-He debido de hacer más de mil pajaritas de estas. Aprendí cuando tenía diez años, me enseñó mi abuelo. Las he hecho de muchos tamaños y con diferente tipo de papel, pero siempre con la misma forma, es decir, realizando el mismo proceso una y otra vez.

-¿Nunca se aburre? A mí me parece un hobby bastante repetitivo.

Sonrió e hizo una pausa. Acabó la pajarita y la dejó sobre la mesa. Inmediatamente, el camarero le trajo otro ticket, pero él hizo caso omiso y se quedó contemplando su labor, ya finalizada.

-La vida es disfrutar lo que estés haciendo. Sea lo que sea. Aunque tu labor consista en algo repetitivo, debes saber que eso es lo único que quieres estar haciendo en ese preciso instante. El que no sea consciente de eso está desperdiciando su tiempo, algo que nunca podrá recuperar por muchas listas que haga.

Se puso de pié, cogió el otro ticket y se acercó a mí.

-Yo de ti me llevaría esto. Puede que te haga pensar.

Miré escéptico pero acepté, no quería ser descortés. Acto seguido, pasó por mi lado y abandonó el local justo por donde yo había entrado unos minutos antes.

-Veo que ya ha conocido a mi jefe- me dijo el camarero.

Sorprendido, le di un último sorbo a mi copa y contesté:

-Tiene que ser confuso tener un director del hotel tan ambiguo.

-Me parece que me he explicado mal, el Señor Blanco es el dueño te toda la cadena hotelera.

Pagué mi copa y guardé la pequeña pajarita en mi cartera, justo en el espacio vacío que me quedaba y donde todo el mundo tiene la foto de alguien especial.

I

Estaba demasiado excitado como para poder dormir.

La habitación se me hacía pequeña y seguía con el traje puesto. Sólo me había quitado la americana al llegar y me había quedado mirando a través de la ventana, pensando en la vorágine de cosas que me venían encima.

Necesitaba una copa. Algo que me hiciese dormir.

Me quité la corbata, cogí la americana y decidí bajar al bar del hotel. Caminé por el pasillo enmoquetado hasta la puerta del ascensor y presioné el botón.

Cuando se abrieron las puertas me vi. Para ser justo, vi lo que quedaba de mí. La imagen que había en el espejo era todo lo opuesto a la de esa misma mañana, cuando me dirigía radiante a la reunión que haría justicia a todo el tiempo y esfuerzo que había dedicado a mi carrera.

Ahora estaba consumido, parecía un fantasma. Ni el traje conseguía disimular lo destrozado que estaba. Mi mirada estaba vacía y mi cabeza baja. Me di lástima. ¿Cómo podría haber tanto cambio en apenas 12 horas? ¿Y por qué estaba así? Al fin y al cabo eran buenas noticias.

Estaba tan absorto que las puertas se me cerraron antes de entrar. Pulsé el botón de nuevo y entré en el ascensor, esta vez dando la espalda al espejo y a mí mismo.

Al abrirse de nuevo las puertas, giré hacia la izquierda y seguí hasta la entrada del bar, donde pasé a través de la lujosa puerta de cristal con una inscripción en letras doradas donde se podía leer: “El arte del descanso es una parte del arte de trabajar”. Ese tipo de ironías me alegraban. Pese a todo, seguía manteniendo el sentido del humor.

Ya sentado, saqué mi block de notas y mi bolígrafo intentando poner en orden todo aquello que tenía en la cabeza. Me quedé pensativo, delante de la hoja en blanco y jugando con ese pequeño artilugio metálico que llevaba tanto tiempo conmigo y que ya era parte de mí.  ¿Cuántos años hacía que estábamos juntos? ¿Cuántas veces lo había perdido y lo había vuelto a encontrar? Lo había llevado conmigo en reuniones, actos y hasta en mis vacaciones. Supongo que era mi relación más duradera en muchos aspectos.

– Disculpe, le está sonando el teléfono – me despertó el camarero.

-Gracias, estaba en otro lugar ahora mismo. Tomaré un Jack Daniel´s con hielo.

Rebusqué en el bolsillo interior de la chaqueta y vi quién me estaba llamando. Dependiendo de la persona ya no contestaba el teléfono a ciertas horas del día.

-A ver Míster Importante. ¿Dónde estás? No hay quién consiga hablar contigo. ¿No has visto mis mensajes?

-Joder tío, dame un respiro. Me he estado pegando con dinosaurios todo el día. Estoy fuera, para variar. Cuéntame esa cuestión de vida o muerte.

-Silvia y yo nos casamos en Septiembre. Estábamos esperando para poder decírtelo en persona, pero hemos desistido.

-Allí estaré. Pásamela anda.

El camarero vino con mi copa y le di un buen sorbo.

-¡Hola!

-No lo hagas. Vales mucho más que ese tío. Lo sé porque es mi amigo. Escapa mientras puedas.

-Calla, que se lo tuve que pedir yo. Este ni para eso tiene iniciativa. 17 de Septiembre. Ven antes a tomar algo por aquí y así te vemos el pelo, que hace un año de la última vez. Y confírmanos lo del acompañante cuanto antes, ya sabes que va a ser difícil ubicarte en esta boda.

-Echaba de menos esa mala hostia que tienes a veces. Un beso y enhorabuena, de verdad. Más pronto que tarde iré a veros, os lo prometo.

-Eso espero. Descansa anda, se te nota hecho trizas.

Colgué y me quedé mirando el escritorio de mi teléfono móvil. El recordatorio del vuelo para el día siguiente me relajó un poco, al ver que por fin podría dormir lo suficiente. No tenía muchas ganas de volver a casa, pero era la única forma de que mi familia se creyese que seguía con vida.

Al levantar la vista me di cuenta de que ya no estaba sólo. Una persona se había sentado a mi lado.

Iberia Express

Siempre que viajo solo, algo cada vez más habitual, me gusta llevar un libro conmigo. Alterno mi mirada entre él y la gente, intentando descifrar a dónde van y qué es lo que les mueve a estar allí. Algunos me despiertan curiosidad, otros me dan envidia y sólo unos pocos de entre tanto gentío me inspiran para alguna historia.

A ella, simplemente, no la vi venir.

-¿Bukowski? ¿Qué deprimente no? – dijo mientras se sentaba a mi lado de un salto.

Faltaban 30 minutos para el embarque y ya estaba la puerta asignada. De querer escapar no podría haberlo hecho muy lejos ni por mucho tiempo. Me había gustado la espontaneidad, pero no estaba acostumbrado a semejante derroche.

-Ya es el quinto que leo en un año. Creo que eso lo hace más deprimente todavía- dije sumiso.

– ¡Entiendo! Eres un Hank Moody… Odio a la gente que se odia a sí mismo. Lo único divertido de ellos es ver cómo destruyen todo lo que hay a su alrededor. Hay un cierto aire seductor en torno a todo eso, hasta que caes en su espiral autodestructiva. Entonces dime, ¿Fracaso profesional, sentimental o espiritual?

Arqueé una ceja. No por molestia, aquella conversación me empezaba a interesar.

-¿Perdona?

-Sí hombre, ¿cómo has terminado así? – preguntó. Acto seguido le dió un sorbo a su refresco a través de la pajita mientras abría sus grandes y redondos ojos marrones.

-Creo que ha sido un fracaso sentimental lo que ha producido las otras dos. Ahora tengo un pack bastante resultón. Todo muy seductor sí. ¿Nunca te has sentido así? – contraataqué.

– Sí, una vez, pero al final creo que era hambre. Todo lo que sea negativo te entretiene, pero no te lleva a ninguna parte. ¿Por qué malgastar energía con ello entonces?

– Touché. Yo intento canalizarlo. A veces escribo sobre ello.

– ¡Lo sabía! – y soltó una tremenda carcajada que hizo que el resto de bancos se giraran hacia nosotros – Vale, vale, vale… A ver, quiero ver algo. Ahora mismo además, seguro que eres de esos que tienen un blog anónimo donde publican todas sus miserias.

Resignado y sin decir nada, cerré mi libro y saqué mi teléfono móvil, abriendo la aplicación de WordPress. Ella disfrutó al ver que no se equivocaba. Es más, ni se molestó en ocultarlo. Me cogió el teléfono y velozmente se puso en el banco de enfrente. En menos de cinco minutos una desconocida me había robado el móvil y lo que era peor, me había psicoanalizando con éxito.

Desconcertado pero expectante por la situación, abrí mi libro y dejé que ella se centrase en la lectura. Cada poco veía sus reacciones. Levantaba su vista, me examinaba entrecerrando los ojos y volvía a zambullirse en mi teléfono. Giraba la cabeza, sonreía y negaba con la cabeza en el mismo texto.

Como me estaba desesperando, cerré mi libro y decidí disfrutar el espectáculo y observarla mientras pudiese.

Era más joven que yo, de eso estaba seguro. Su pelo castaño estaba recogido en una coleta alta y dejaba caer sobre un lado de su frente un mechón de pelo. Su camiseta blanca tenía un estampado colorido y dejaba entrever una figura bastante atractiva. Llevaba unos vaqueros ajustados y una mochilita de cuero. Su brazo izquierdo estaba lleno de pulseras de todos los tamaños y colores, alguna probablemente de festivales de música a los que había asistido.

Volvió y me entregó el teléfono mientras se sentaba a mi lado, esta vez más cerca.

-Eres un romántico y un resentido.

-¿Eso es todo?

-Me gusta lo que escribes, la verdad, compraría tu libro.

-Intuyo que ahora viene un “pero”- repliqué.

Sonrió e hizo una pausa dramática totalmente calculada.

-Pero deberías de centrarte más en tus sensaciones positivas. Transmites mucho más cuando escribes sobre cosas bonitas que cuando aireas tus dramas, que suelen ser siempre los mismos.

-Todos tenemos nuestros demonios ¿no? – me defendí.

– Y todos podemos escoger si nos dominan o no. Confío en que algún día vaya paseando y te encuentre en la contraportada de un libro. Hasta entonces me gustaría que dejases a un lado ese rencor, porque es una piedra que jamás podrás levantar.

Antes de que pudiese decir nada, me guiñó un ojo y se fue. Desapareció andando por la terminal y dejándome una extraña sensación agridulce.

Ahora, cada vez que paseo por un aeropuerto, me gusta imaginar que la vuelvo a ver y que, esta vez, estoy preparado para ella.